14/oct./2019

Los jinetes del cinismo

Los jinetes del cinismo

“Es una suerte para la isla contar con un mecenas de la talla de Helge Achenbach, que quiere transformar y mejorar el mundo a través del arte”. Así presentó en mayo de 2014 el entonces presidente del Cabildo, Pedro San Ginés, a este “asesor” alemán que se trajo a Lanzarote, y que el tiempo ha demostrado que lo que pretendía mejorar a través del arte era su propio bolsillo.

De hecho, dos meses después de participar en una exposición en el MIAC del Castillo de San José, Helge Achenbach fue detenido e ingresó en prisión provisional por un delito de estafa (en una de las detenciones y las imputaciones sobrevenidas que marcaron la gestión del ex presidente y de las personas de las que se rodeó). Y entre otras cosas, Achenbach fue después condenado a pagar casi 20 millones de euros por haber vendido obras de arte muy por encima de su valor y por haberse hecho con comisiones millonarias que no le correspondían como asesor en esas ventas. “He tendido a eso y los clientes lo aceptaban, esto me ha llevado por el mal camino”, respondió durante el juicio cuando el fiscal le preguntó si inflaba los precios de las obras cuando actuaba como intermediario.

Con esos mimbres nació el museo submarino que hoy sigue defendiendo con uñas y dientes Pedro San Ginés, como si fuera su gran legado, cuando los hechos objetivos reflejan que ese proyecto se impulsó de la mano de este estafador alemán (que según las declaraciones realizadas en su día por San Ginés fue quien le “presentó” el proyecto, junto al ex presidente de Aetur Gerardo Fontes y el artista local Juan Gopar); que además se creó junto a un puerto deportivo ilegal -que ha sido el gran beneficiado junto a los impulsores del proyecto-; y que encima a día de hoy recibe la irrisoria cifra de unas 20 visitas de media al día. De hecho, prácticamente no lo visitan ni los buceadores que vienen de vacaciones a Lanzarote para practicar este deporte, según refleja un estudio presentado por el propio Cabildo en 2017.

Sin embargo, el artista que creó este museo, Jason DeCaires Taylor, que llegó a la isla de la mano del citado estafador condenado por inflar los precios del arte, y que desde luego no pasará a la historia por su modestia, ha tenido la desvergüenza de decir en una entrevista en Canarias 7 que su obra “ha contribuido a que César Manrique sea conocido por mucha gente de países como Australia, Nueva Zelanda, China o Japón, que nunca habían oído hablar de él y ahora saben de Lanzarote y de su obra”. E incluso, tras semejante alarde de ego y de falta de respeto hacia la isla que le ha mantenido durante años, se lanzó a defender la “rentabilidad” del proyecto, aportando cifras tan sesgadas como detalladas, como si fuera el gerente de los Centros, en lugar de un simple escultor que se ha llevado cientos de miles de euros por hacer esas figuras, y que además disfrutó durante años de un local gratis pagado por todos los lanzaroteños en el puerto deportivo ilegal Marina Rubicón.

Solo por eso ya debería al menos sonrojarse cuando insiste en afirmar que su obra, y en particular los caballos que ahora defiende también San Ginés como si le fuera la vida en ello, son “un vehículo para transmitir un mensaje de activismo en defensa del medio ambiente”. ¿De verdad se cree -él o alguien- que un activista en defensa del medio ambiente puede trabajar sin que se le revuelvan las tripas en un puerto ilegal, cuyos dueños pagaron sobornos por esa licencia a un alcalde que actualmente está en prisión por estos hechos, y que además supone uno de los mayores atentados ecológicos cometidos en Lanzarote? Evidentemente, el activismo ecologista de Jason DeCaires Taylor debe ser igual de particular que la labor de Helge Achenbach para “transformar y mejorar el mundo a través del arte”. De hecho, en su caso, lo único que consta que ha mejorado en Lanzarote es también su cuenta corriente.

No obstante, la declaración más hilarante en medio de la polémica creada en los últimos días por el propio DeCaires y por Coalición Canaria llegaba este domingo de la mano de Pedro San Ginés: “La obra de DeCaires es un grito para frenar el cambio climático y acabar con la especulación y la destrucción del medio ambiente, que tanto nos preocupa a los que vivimos y amamos Lanzarote, y tanto preocupó a César Manrique”. 

Eso es lo que ha tenido el valor de decir el ex presidente, después de haber gobernado durante diez años precisamente por y para esos especuladores. Después de haber abanderado la ridícula teoría -hoy muerta y enterrada gracias a la labor de la Justicia y las confesiones del caso Yate- de que a los hoteles ilegales solo les faltaba “un papelito”; después de haber intentado aprobar planes a la carta para legalizar desmanes de Juan Francisco Rosa como la bodega Stratvs; y después de haber construido hasta un centro turístico en frente de su puerto deportivo ilegal, vinculando así el nombre de Manrique y de los Centros a una de los mayores símbolos de la especulación y de la corrupción en Lanzarote. Y aún tiene la poca vergüenza de mentar a César, cuando lo más probable es que si viviera, ya le hubiera hecho tragarse ese megáfono que utilizaba para clamar contra la especulación y la destrucción de la isla.

Ahora, se rasga las vestiduras San Ginés porque el nuevo grupo de gobierno pretende retirar los caballos del entorno del Castillo de San José, donde aparecieron un día por obra y gracia de Coalición Canaria, que lo primero que dijo es que formaban parte de una exposición temporal. Y se indigna también el “artista” porque rechacen su supuesta “cesión” gratuita, por la que en realidad intentó llevarse otros 200.000 euros. De hecho, después de haber colocado ya los caballitos y los jinetes de marras, CC llevó al Consejo de Administración de los Centros una propuesta para comprarlos por ese importe, aunque por suerte la polémica fue tan sonora que no consiguieron que prosperara.

Fue entonces cuando se sacaron la chistera otra propuesta, que era la de convertirlo en una “cesión” por diez años, a cambio de que el Cabildo le pagara 15.000 euros por los “materiales” y el “montaje”. Un pago por algo que en realidad ya estaba hecho y montado -sin que existiera un contrato previo-, y que además era una simple réplica de una obra que DeCaires había hecho para Londres. Una obra, por cierto, que este “artista” hizo mientras cobraba de los Centros Turísticos y mientras utilizaba los locales que le pagaba la institución. De hecho, tanto parece que le gustó al supuesto activista medioambiental este puerto deportivo ilegal que se quedó allí incluso después de terminar las esculturas del museo submarino, y siguió utilizando para su obra privada esos locales que continuaba pagando el Cabildo, ellos sabrán por qué.

De todo eso es de lo que debería seguir dando hoy explicaciones Coalición Canaria, que se empeñó en meter con calzador en la isla a DeCaires (quizá porque con los “ecologistas” y los “intelectuales” a sueldo sí son capaces de entenderse) y que creó un ruinoso museo impulsado por un estafador y construido para beneficiar a un puerto deportivo ilegal, que tiene entre sus dueños al tío del que era consejero de los Centros Turísticos, José Juan Lorenzo. Pero en lugar de lo que deberían hacer, que es pedir disculpas y meter la cabeza bajo la escultura más profunda del museo submarino, aún se atreven a seguir defendiendo uno de los mayores escándalos de su gobierno. Otros fueron la privatización de la gestión del agua para entregársela a otra empresa experta en corrupción, Canal de Isabel II -a quien San Ginés también presentó como la gran salvadora de la isla poco antes de que el directivo con el que firmó el contrato y el que era gerente en Lanzarote fueran detenidos por corrupción y acusados de pagar sobornos-; y la compra de la casa de su ex novia, que hoy se cae a pedazos porque ni abrieron el museo arqueológico que anunció a bombo y platillo ni hicieron durante años la más mínima intervención para mantener el inmueble, tal como denunció este verano La Voz de Lanzarote, cuando pudo acceder al interior del edificio.

En lo único en lo que tiene razón San Ginés es en que durante estos diez años no siempre ha gobernado solo -aunque sí pasó en minoría buena parte de su mandato- y en que los socios de gobierno que tuvo podían haberle parado más y no lo hicieron. Pero lo que clama al cielo es que tenga la desvergüenza de quejarse porque ahora se intenten revertir algunos de esos desmanes, cuando lo que siguen esperando las personas que votaron para alejarle de la Presidencia y para cambiar el rumbo del Cabildo es precisamente eso, un verdadero cambio. 

Y ese cambio, por cierto, incluye también facilitar información a la oposición. Porque la transparencia es lo primero que debe recuperarse, por más que resulte hasta cómico ver ahora a San Ginés quejándose de que la nueva presidenta incumple “la obligación legal” de entregarle en cinco días la documentación que solicita. Sin duda es un gran avance que el ex presidente conozca ahora por fin lo que manda la ley, y esperemos que no solo sea en este tema. Pero los que de verdad le hicieron oposición en su día, y sufrieron durante años que él les ocultara los documentos que le reclamaban, tienen que estar ahora llorando de la risa, o de pura indignación ante semejante ejercicio de cinismo.

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