13/oct./2019

La vida mejor sin anestesia: Los dolores

La vida mejor sin anestesia: Los dolores

Foto-CR-I

A todos [email protected] heroes que, en la intimidad más profunda, 

afrontan calamidades y dificultades extraordinarias 

en los silencios de la mente y el corazón.

 

No vine aquí para reclamar un paraíso perdido. Estoy aquí, para sobreponerme a todo y cambiarlo. A la antiquísima huella que llevo grabada en el ser, de desamor, traición, vergüenza, frustración, abandono, violencia, marginación, asco,  ausencia y lo que quieran. Sobre todo lo que yo he causado. Pero también lo recibido. No solo mi parte, la de mis padres, mis abuelas, mi aldea, mis pueblos y la del resto de los seres. Todo. Y solo existe una maña que yo conozca y es ser igual de conscientes de lo chachi que de lo chungo. Ya sea en el aspecto físico como en el emocional. Porque podemos sufrir un dolor de muelas segundo a segundo mientras dure, pero disfrutamos de su alivio muy poquito rato, muy poquito.

Y sé que la felicidad es justo lo que se siente cuando ese dolor se va, ese preciso instante de conciencia del alivio… Ese espacio donde no necesitas absolutamente nada. Eres. Entonces, la cuestión es porque la largamos tan rápido sin ni siquiera un nuevo dolor por medio. Por si sirve de algo, yo he aprendido a mantenerla a sostenerla segundo a segundo y solo hago lo que hacía cuando era dolor, ser plenamente consciente del sencillo hecho de ser placer, segundo a segundo. A eso también me refiero cuando digo a veces ‘el cuenco’. Que se acabe el rollo es algo que ahora ni me ocupa ni me preocupa lo más mínimo; puede que vengan dolores y muchos y varios, míos y ajenos. Los siento y los asumiré. Pero no será porque yo los invoque. Y así es desde el primer instante. Y desde mucho antes, incluso.

Hace sesenta y tres años mi madre tuvo su primer hijo, que vino a ser yo. No fue un parto "normal"; llegué a este estado de forma extraordinariamente violenta. Por algún motivo que por ahora no he sabido detectar, me aplacé, me regodeé en la barriga de mi madre. No sé si era miedo al nuevo mundo o que no quise saltar hasta ver algo más del anterior; tal vez trate de sincronizar cosas que de otra forma no hubieran sucedido, o tal vez me pasé de feliz allí. Tal vez tenía algo que aprender o tal vez fue solo miedo. Quién sabe.

El caso es que no salía y mi madre agonizaba después de días de infructuosos intentos por traerme aquí. Cumplidos los diez meses y con la fontanela ya cerrada y envuelto en más de cinco kilos de testarudez, el doctor decidió matarme para salvar a mi madre que estaba ya en la última agonía. Ordenó que prepararan lo que entiendo era una especie de taladro para pulverizarme la cabeza y salió fuera de la habitación. A fumar, me imagino. Esa catada honda del que se piensa hacedor de la vida y la muerte en el mismo gesto. Allí quedaron mi madre y doña Lola, la partera, mi guarda de transición. Mi puente. Parece ser que las dos se confabularon para no matarme. Mi madre, en su agonía, estaba dispuesta a jugársela. Y decidieron no preparar nada. Yo no soy capaz de describir la tensión el horror y la esperanza de aquellas dos mujeres en aquel cuarto, solas. Infinitamente solas, pero al menos con la práctica ancestral de manejar la soledad. Cuando el macho llegó, se cogió semejante berrinche, montó en cólera les metió una bronca descomunal. Trinco los fórceps y me arrancó.

Vine a la vida como el que se va a la muerte de un hachazo en la cabeza. Bueno, a la inversa. Así que mi madre quedó rota y yo salí destrozado: sangraba por orejas, nariz, un ojo y sabe dios qué mas. Me gusta pensar que el tío se jodió la muñeca. Pero, al menos, tuvo el jeito de sacarme. Se lo agradezco en toda la intensidad de la palabra agradecer. Tal vez, a veces haga falta un gesto bruto para "dar" la vida. Tal vez, otro con más sensibilidad nos hubiera matado. O solo hubiera salvado a uno. ¿Quién sabe?

Hace no mucho pude llegar a ese momento. Me sentí arrancado por las quijadas y me desmayé, caí hacia atrás en una de ‘mis’ piedras. Así que parece ser que me está vedada la conciencia del suceso. El dolor se puede asumir hasta cierto límite; más allá de él, está oscuro. Es como el placer: llegado a un punto está esa luz igualmente infranqueable. O tal vez lo que está vedado es la información de quiénes somos en ese momento; tal vez, fue mi tremenda curiosidad innata lo que me mantuvo allí tanto tiempo, intentando verme de los dos lados al mismo tiempo. Los curiosos nos solemos llevar buenos palos por curiosear. Y otras veces hacemos mucho daño al levantar las tapas selladas por los tiempos, los secretos, los silencios, los pactos, las costumbres, las redes de la historia. 

Fue en Arrecife el 5 del junio de 1956. Luego Día Mundial del Medio Ambiente. ¡Ja!, no creo que esperara por eso. Eso yo. Mi madre sí que recordaba el dolor, pero una madre nunca te enseñará la oscuridad. Así que hoy doña Trinidad, madre, mamá, cumplimos 63 años de semejante evento. Y dejo para el silencio otros sucesos del postparto que hoy ningún guionista dejaría atrás. Y a mi pobre padre, don Ginés, no me lo quiero ni imaginar, con lo atacao que era. No sé si estaba allí fuera, me imagino que sí y me imagino cómo se mirarían él y el doctor entre la polvasera del humo de sus cigarros. Yo era el primer hijo de ese hombre, que se dirían con los ojos —mi padre tenía los ojos verdes más bonitos del mundo; sin ellos yo no estaría aquí—, se retarían, se odiarían, maldecirían las cosas de la vida o temblarían resignados ante la inmensidad gestual del universo.

Pues pasé aquella, pasé en moto a ciento y pico por hora en bañador contra el asfalto, pasé en coche sabe dios cuántas vueltas de campana y la estrellada final. Y, sobre todo, pase lo sucedido en el hospital —otra que ningún guionista dejaría atrás—. Pasé una semana, siete días con sus horas minutos y segundos, de un dolor de muelas extremo en Alegranza, solo, sin analgésicos de ningún tipo y sin la más mínima posibilidad de comunicación con el exterior porque no había aparatos y sí había un temporal de desecho. Pasé un tratamiento de hepatitis C, acurrucado como un perro en el sofá, una eternidad. Y algunas otras con su dolor extremo. Pasé dolores emocionales inaguantables y algún ataque de ansiedad o angustia al borde de la locura. Y pasé una enrocada cagado de miedo en un ataque de vértigo brutal al borde del filo de la caldera de Alegranza, a unos imposibles diez metros de llegar arriba. Pánico. Vidal, solo Vidal con sus formas y sus mañas y sus tiernas palabras, pudo sacarme de allí. A rastras. Me dice que le hice jurar que nunca lo contaría. Le he pedido permiso para romper el juramento.

Pase por ver hombres y mujeres agarrados a nuestras ropas de soldados, arrastrándose, rogándonos que no los abandonáramos y armados hasta los dientes, llevándonos hasta el último cartucho, los dejamos allí en manos de los nuevos invasores del Sáhara. En un instante, con 19 años, ya sabía mucho sobre la política y las naciones. Y dolía. Pero, por algún motivo que desconozco, no recuerdo haber sufrido, debe de haber sido por como comencé la vida que el dolor siempre me vence al sufrimiento. De hecho, indagando un poco más, si he sufrido tiene que ver más con cosas imaginadas que con la vida misma. Es decir, cuando en medio de la bonanza del dolor dejé de sentir placer y me puse a desear, a demandar, a criticar, a esperar…  ¡Aaaaaaaaahhhggg!

Y aunque haya sido esta la situación más común en el ‘tiempo’ de mi vida, ahora, visto desde este presente, esos espacios casi diría que no existieron aunque fueran todos ellos juntos años oficiales de tiempo, casi todo ese tiempo. Solo percibo como vivido lo que dolió o lo que ‘placentó’. Esto, no lo cuento porque se haría muy largo y poco placentero. Asií que estoy como bastante convencido que mis niveles de placer tienen algo que ver con sus opuestos del dolor. Dicho de otra manera, que el dolor señala hacia allí. No estoy seguro de eso; estoy en modo aprendizaje.

De la misma manera, parece ser que todo el dolor físico, represivo, que pasé en la escuela e institutos se me ha transmutado en un infinito placer por aprender y un agradecimiento inusual a las enseñanzas que la vida y sus maestros y maestras, de aquí y de los otros mundos, me van otorgando. Ahora, cada vez que respiro es un hondo placer, continuo. Adentro y afuera, viene y va, estoy no estoy, toma y da, soy no soy, aprendo y no sé. Y, entonces, ahora ya puedo pensar en el pasado y en el futuro, porque lo hago agarrado a esa respiración, fijado al instante mismo, saboreando el pensamiento como el acto de acceso a la creación que debe ser. Y puedo pensar que el próximo cambio de estado se pueda dar aunque el dolor que haya que asumir sea incalculable. Porque ese dolor lo viví ya. Y pasé. Y tengo una foto en el regazo de mi madre, tan a gustito. Tan chinijito.

Como ya dije en otro ‘post’, soy un cactus que solo florece cada treinta años. Así que esta es mi conclusión, mi flor de los sesenta: Ya no deseo una muerte digna, ni temo a una indigna, ni deseo una feliz ni temo una infeliz, ni acompañado ni solitaria, ni rápida, ni pacífica, ni indolora ni sana, ni naaa de naaa. La que toque, que no es asunto mío, será la que necesito. En la que confío. Y eso aligera tanto… Y respiro: Adentro y afuera, viene y va, estoy no estoy, toma y da, hombre mujer, mujer hombre, soy no soy, aprendo y no sé.

 

 

 

Esto lo escribí por mi sesenta cumpleaños y, con alguna mínima corrección, lo publico hoy, el primer cumpleaños de la muerte de quien me dio a la luz y a la oscuridad. Trinidad es su nombre y me indicó claramente que más allá de la luz y la oscuridad hay otro ‘ver’.

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