06/dic./2019

El trapito y el pájaro de colores

El trapito y el pájaro de colores

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Vino de colores a mi casa con su inseparable —son dobles— y, en su momento de libertad, me recordó lo que el amor y el trapito tienen que ver. Esto dijo: todos los recursos, toda la sangre, toda la vida, no está siendo entregada a unos pocos, está siendo entregada a los pensamientos de unos pocos, pues solo en pensamiento la pueden abarcar. Es imposible hacerse cargo material de todo el volumen de lo saqueado. Jamás podrían tocar, ver, gastar, disfrutar o lo que sea, semejante volumen de ‘bienes’, ni el listado de ellos, tan siquiera. Por lo tanto, todo este saqueo solo es, insisto, para satisfacer unos pensamientos. 

Muy pirado el asunto, ¡asómbrate! Muy muy pirado. Cómo un grupo de pequeños pensamientos apoderándose de unas pocas personas se chupan un planeta entero. Más o menos así: transforman una majestuosa cantidad de ‘bienes’ naturales producidos durante millones de años —ríos, bosques, mares, especies, humanos, minerales, aire, etc., etc.— en unos pocos bienes ‘artificiales’ y, sobre todo, lo más alucinante, en datos bancarios.

Escucha… Datos bancarios. 0101010100001010101010101010… —ceros y unos— escritos en computadoras, de forma que si acabaran definitivamente con la vida o, al menos, casi toda la vida y con nosotros, un alienígena que viniera a informar solo tendría que evaluar lo destrozado y contrastarlo con los números de esa computadora central, y rascándose el cuernito le costaría entender, por más evolucionado que fuera, qué pasó para cambiar toda la vida de un planeta por ‘ceros y unos’ grabados en una computadora.

Siempre dejamos grabados. Toco antiguos grabados en piedra para sentir la inmensidad del dolor de la debacle; él ‘tocaría’ grabados en discos y sentiría lo mismo. ¿Acaso te crees que ese grupo de pensamientos sufrirá consecuencia alguna? ¿Los puedes matar, encarcelar, ‘psiquiatrizar’? ¿Sabemos hacer alguna otra cosa con lo que no nos gusta? Puedes, entonces, ver tus propios pensamientos y cómo tragan. Cómo, a través de las emociones que manejan, tragan. Y cómo lo que tú tragas engorda para que otro lo trague. ¿Has pensado alguna vez qué son tus pensamientos, de dónde vienen, qué diferencia hay entre unos y otros, cuáles podrían ser tuyos y cuáles no? ¿Por qué intencionas lo que los demás piensan? ¿De verdad piensas lo que querrías pensar? Más aún, ¿tienes tantas ganas de pensar alguna? Y cuando quieres de verdad pensar, ¿puedes pensar? ¿En lo que de verdad quieres pensar?

Pues bien, ser libre es asumir toda esta mierda responsabilizándose de ella y pegar a limpiar con el trapito en la mano hasta que todo esté brillante, iluminado. ¿Y cómo sabes cuándo está iluminado? Pues cuando la mierda, la de verdad, ya no parezca mierda. Y te sientas libre. Un acto de honestidad profunda. No vale esconderla; no funciona. Es apasionante; no existe reto, ni juego, ni presencia, ni intensidad emocional más grande que el anhelo de libertad. Ese es el estado del amor, el trapito; el puto trapito dale que dale es el estado del amor. Y luego a pensar, que falta que hace. Pero libres, con el estado del amor por bandera. Porque la única enfermedad que padecemos como vida que somos, no es la de convertir nuestras células vivas en células muertas. Eso es vida. La enfermedad real es convertir nuestras células, las vivas y las muertas, en contabilidades de ceros y unos.

Eso me dijo el pájaro de colores, el inseparable, el doble. Y eso escribo.

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