12/nov./2019

Pepín, don José

JRC-I_0

La única vez que hablé con Pepín Ramírez, fue en su despacho de senador. Fui a pedirle a aquel hombre ayuda para que un lugar no se tocara. Mi ‘arte’, mi creatividad, consiste en  dejar las cosas como están. Mi ‘obra por el  arte’ es dejar un lugar como está. Y esa hay que currarla día a día y año a año. Y ser muy creativo y obstinado para tratar de conseguirlo. Justo lo contrario que habían hecho él y Cesar: tratar de hacer cosas en la isla para ponerla en el mundo. Las dos, aunque opuestas, tratan de lo mismo. Pero cada cosa tiene sus tiempos. Y me comprendió y fue muy amable y me firmó mi papel para ser guarda honorario de caza. Digamos que ese carné fue mi primer pincel. Y con él comencé a pintar pardelas y pescados donde ya se estaban borrando. O se habían borrado. Hasta ese día, pintaba con las manos y los pies solo manchas. Luego conseguí una goma y comencé borrando palas mecánicas que, a su vez, borraban montañas o gerias para repintarlas en las urbanizaciones del sur. Y del este. Siempre se me recuerda por pardelas y pardeleos, pero algún día contaré las batallas del rofe, el oro negro de aquel tiempo. Y como si no hubiéramos estado por allí los ‘irracionales’ poco hubiera quedado de La Geria y de muchos volcanes y lajiares. Bien poco. Estoy contento de haber estado allí. Estoy contento.

Pero la mayor parte del rato hablamos de otro arte, el ‘arte’ de la pesca de la vieja. Así que le dedico este trozo en homenaje a lo valiente que fue denunciando al que nos robaba a todos. Y combatiendo la desidia histórica que embargaba a las clases dirigentes, tumbadas en una zona que más que confort era sopor, como siempre sustentada por el trabajo de [email protected] [email protected] Puedo imaginarme el dolor que aquello le supuso, y el bienestar que nos regaló a los demás a cambio. Otra cosa es lo que hayamos hecho después con ese bienestar, en el que en buena medida no supimos estar. No es fácil estar bien, quizá ese sea el arte supremo y quizá no dependa del bienestar. Y quizá, más del poder estar contento de haber estado. Y ahora estar donde tu corazón te dice estar.

Las viejas. Saladas al sol, a la luna y el viento. No con cualquier sal, sal de charco poco hondo, del nordeste. Al refilón del naciente. Recoger la sal de charco alto, tibio. Ni frío de la maresía mañanera ni fogoso del mediodía. Espumas de sal. Rociadas y amorosaditas con el sereno de la noche y sancochadas con fuego de jallos de la orilla, maderas de otros continentes, con aromas de pata de cabra y memorias de lejanos ríos y prodigiosas tormentas. Para dar humos exóticos. Y agua de mar. Aderezadas con un par de callaos ensebados. Sin peso y sin precio. Pescadas y jareadas con tus manos, con tu forma de pescar y jarear. La lama limpia en su punto, restregadita  con algas de la marea, las algas pardas, tiernamente rasposas, recién llegadas del veril. Y el olor inconfundible de la noche. Los laños a tu estilo y los negros y pulidos calladitos de la playa en su sitio, sosteniendo el corte, el laño. Abriéndolas, ofreciéndolas a las moscas en vez de esconderlas. Certificando con el rechazo de estas a picarlas, la pureza de la faena. Ya está. Me podía haber ‘ido’ en ese momento, pero seguí. La vida ancla, aunque hayas terminado la faena bien. Un poco de petróleo sí gastó el barquillo que me dejó allí, pero podía haber sido a vela. Me faltó retroceder un poco más en el tiempo cultural. En el otro, ni siquiera sé si he vuelto. 

Esto podría ser un cuento absolutamente macabro para alguien amante de los pescados vivos, peces tendría que corregir, que los definimos ya muertos. Conscientes del don de sus vidas. Y yo entendería el asco de esa persona ante mi relato, que narra uno de los momentos más mágicos de mi vida. Y le pediría compasión para mí, y yo hundiría mi cabeza en el mar y vería las sombras rojas y sus reflejos vivos escabullirse vibrantes de sol y sal. Y me sentiría contento y en la orilla me vería a mí, pescando pescados, observándome en el mar haciendo el tonto detrás de colores, entregando agradecido mi collar de cazador al pejerrey. O devolviéndoselo. Y al final les cuento una fábula del aire y la rotura de mi cuchillo de jarear y lo que nos queda de aprender del mundo y sus energías y misterios.

César era eso. Veía los colores vivos y pintaba a los pescadores, armonía. Pero ya ahí estaba el germen, no de la ecología, otro posterior, el del respeto a la vida de todo ser vivo. La lucha de la conciencia por dotarnos de conciencia. No hay unos más inteligentes que otros en ese viaje; a la ciencia le falta mucha conciencia para dejar de putear a animales vivos hasta la extenuación. Pero progresa, sin duda. Conciencia con ciencia o ciencia con conciencia, largo viaje de incierto destino. Mientras, aquí, en Lanzarote, el arte  fue abducido por caballos de hormigón. Mientras, la muerte campa a sus anchas por cualquier barranco, cualquier islote, cualquier montaña, entre tendidos eléctricos, en las orillas y el fondo del mar, carreteras mortales, harturas de plásticos y matarifes.

Supongo que no sé una mierda de arte y que fracaso en mi intento. No soy como esos expertos en fundaciones. O en desvalijar artistas de sus almas y coraje. Me gusta Turner amarrado a la mayor en la tormenta, o Van Gogh o Caravaggio o Pollock. Los locos, me gustan los locos de todas las artes. Y las locas que los cuentos de los resabiados expertos han birlado a mi conciencia, y que ahora busco. Locas y brujas. Para transmutarlas en mi condicionada conciencia en creadoras y sabias. Y, luego, desde ahí, devolverles en mi corazón la locura y la brujería. Y pueda ver cómo tanto [email protected] se sancocha en la hoguera de las vanidades. Cuerdos, atados a su cordura. Dando cuerda a todo. Bajo cuerda.

Y voy con el cuchillo. El cuchillo de jarear es sagrado. Cada uno tiene el suyo y es intocable para los demás. Eso, en Alegranza, era la única orden que yo daba, el límite a [email protected] que llegaban [email protected] El cuchillo no se toca ni se mira ni se codicia. Pues pasó que dos veces esa orden, ese mandato, fue incumplido. La primera vez que un amigo lo cogió se le rompió la punta, se partió. No había hecho nada especial con él, lo había cogido para limpiar pescado y se partió. La segunda vez que otro amigo lo cogió se partió por la mitad. Tampoco había hecho ese amigo nada especial con él, ningún sobresfuerzo, nada, se partió por la mitad. Dos veces en unos cuantos años. Y las dos veces se quebró.

A mi toda mi vida esos dos hechos me parecieron extraordinarios. La casualidad tiene sus límites razonables y lógicos, mas allá hay que preguntarse, siempre preguntarse y si no hay respuesta, pues esperar. Y no rendirse a la casualidad. Rendirse a la casualidad es para mí la cobardía de la razón, el desprecio de la lógica.

Hoy, hablando con un veterano pescador de viejas de los asuntos de pesca de antes, le conté la anécdota; en medio, él murmulló: “Aire, fue el aire”. Casi ni le presté atención, pero, por algún motivo, antes de marcharme le pregunté: “¿Por qué dijo antes lo del aire?” Y me contó, algo tímido, otra vez volviendo al susurro, que los cuchillos de jarear siempre fueron sagrados para los pescadores, nadie tocaba el de los demás, porque cuando lo hacían “les llegaba el aire” y se rompían. Y pienso, ¿eso no será lo que pasa con los corazones, que cuando juegas con el de [email protected] sin ser uno con él, les da el aire y se pueden romper?

Hoy estoy triste. Alguien de quien esperaba su conclusión dice haberse leído e informado muy bien sobre lo de los caballos y haber atendido a todas las partes. y que aun así, sin más, cree que deberían quedarse allí. Y me supo como a la inversa, cuando la gente piensa que deben marcharse los inmigrantes y tú supones que es por desinformación y les pasas todos los datos y motivos y justificaciones de por qué están aquí, incluida nuestra inmensa responsabilidad en lo sucedido en sus maravillosos países, y después de mirar todas las aristas te dicen, sí, tienes razón, pero deberían marcharse. Marcharse, quedarse, echarlos, dejarlos. Tal vez ‘el aire’ nos dio a todos. Y nos rompió.

Pues eso, que yo de Pepín, de don José Ramírez, lo que recuerdo es que me escuchó. Que vivenciaba lo que yo le contaba. Y que, de alguna manera, ya sabía lo que se nos venía y que nuestro arte tendría que ser eso, dejar las cosas como estaban. Y que eso para los artistas y creadores y constructores iba a ser insoportable. Es como crecer entre cazadores y cuando tú ya te ves para matar el león, los viejos cazadores, los maestros, te digan: “Ya no es tiempo de matar; ahora hay que limpiar la sangre”. Y va a ser mucho, mucho más difícil que cazar al león o al tiburón. Porque la única cabeza que se podrá cortar como trofeo será la tuya. Y será para ellos, y lo que consigas de limpiar la sangre si salvas la cabeza, no será para ti, será para  los que aun no están aquí. Pero eso, para los que cuentan y miden el tiempo, ‘su tiempo’, es muy difícil.

Viven como el del garfio, con el tic-tac tic-tac siempre presente. Ausentá[email protected] del mundo. El metálico tic-tac tic-tac en vez del hondo bombeo del corazón y el murmullo de la sangre en su sitio, fluyendo por sus cuevas en la vida de cada ser. La consciencia creando conciencia es el mismo esfuerzo que el Big Bang creando universo. Por decirlo de alguna manera.

Y por si sirve de algo, en sentido coloquial y metafórico, siento simpatía por  [email protected] piratas y detesto a [email protected] corsarios. Y cada día desconfío más de aquellos que, hasta ayer mismo, en su patente de corso tienen la firma de los sucesivos poderes de la isla. Sobre todo, para que me definan el arte y la naturaleza. ¡Ja, ja, ja! y para que hurgen en el bolsillo público. Ya sabes, esa  nave a atacar y abordar y saquear. Con permiso del virrey.

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