21/Mayo/2019

Carta a Fernando Castro

Carta a Fernando Castro

Carta a Fernando Castro de un libre estudiante de arte. Sin matrículas. Y a sus alegres cohortes. Y con la mejor intención a sus alumnos. Y a todos, en general.

Yo no trato de cambiar tu mundo. Solo trato de que el tuyo no me cambie a mí con tus luces de colores y tus monedas de plata. Que el cambio que se dé, sí o sí, sea el que yo pueda ir observando, no el que usted me quiera hacer mirar. Solo soy una pregunta y tú no eres la respuesta, profesor, dogma ambulante.

Un día, Cesar me dijo: “Quiero hacerte un regalo Ginés, quiero que sepas que valoro lo que haces y que me disculpes las palizas y sustos que te he dado”. Yo le contesté sin pensarlo mucho. Una noche en su casa (Tahíche), solo con Sasa. Creo que en ese momento comprendió del todo con quién estaba hablando. Y sus ojos brillaron. Por supuesto, nunca luego pedí su ejecución.

Acompañar a la gente de la Fundación y a todos los demás en esa noche del centenario, a la que se me invita, zanja de sobra el asunto. Noche cumplida en buena compañía, será. Si podemos estar; si no, ya estuve.

No tengo ninguna animadversión por la gente que se muestra contraria a los "postulados" de César, ni contra los de la Fundación

No tengo ninguna animadversión por la gente que se muestra contraria a los "postulados" de César, ni contra los de la Fundación.  Con aquellos  posicionamientos que considero legítimos y honestos. Yo mismo discrepé con los dos en alguna, y más de alguna, ocasión. Eso es legítimo y creativo. Pero, a mis 10063 años y todo lo vivido, cuando cuervo vuelo el territorio, puedo observar con absoluta nitidez quiénes se revuelven en el fango de sus propios errores y lo salpican enfangando alrededores, con la esperanza de que eso los camufle entre la multitud. Algunos, ya solo sapos, ni siquiera tienen conciencia de lo que hacen. Me gustaría ser el del cuento y darles un beso y que volvieran a ser aquellos luminosos seres [email protected] y jóvenes a [email protected] que admiraba profundamente. No me preocupan [email protected] jóvenes que caen al fangal, es parte de su proceso de aprendizaje.

Pero solo soy cuervo. De plumas rancias y roídas por el tiempo. Y cuando me acerco se asustan, recelan. Solo conocen malas intenciones. O interesadas intenciones. Son incapaces de ver que solo soy una pregunta. Algunos no. Y nos podemos abrazar y sonreír desde la discrepancia. Y en ese abrazo no me importa pringarme de fango, si es el caso.

Cuando lobo camino en la noche, puedo ver nítidamente el miedo de los que no tienen nada más para subsistir que las prebendas materiales y el qué dirán, la ilusión del poder y lo peor, el tiempo, que perciben como que se les acaba. Me gustaría que comprendieran que el tiempo no se acaba, que es más ilusión incluso que la fama o el éxito. Y que, ahora, se puede crear si se retorna al origen del ser. Y que el origen del ser siempre está ahí esperando.

Siempre digo, y es verdad, que no tengo memoria. No soy piedras sueltas en los llanos en los que cada acto o aprendizaje o suceso de la vida queda grabado y visible y de fácil acceso, cuando la mente lo requiere, a la vista de ella. La información la uso de manera diferente: creo una montaña de piedras una tras otra, una arriba de otra, y normalmente estoy absorto en lo que voy observando al subir. Cuando trato de recordar qué me llevó allí, cómo aprendí, dónde y qué para llegar allí, no hay manera.

Pero cuando la injusticia me sobre excita, cuando aparecen [email protected] [email protected] a reescribir historias, entonces las piedras se abren, se separan, se cuantifican y tengo acceso casi instantáneo a todo, y todo es todo. Cuanto a cuanto, hasta el más sutil detalle. De cada luna, de las cientos de lunas reflejadas en la noche de Janubio. Cuando fui salinero en las salinas que co-creó mi abuelo. O en las cientos de lunas de los charcos en las noches de Alegranza, cuando fui pescador de viejas, la que habitó mi otro abuelo. No se me escapa nada. Ni siquiera la luna que se reflejaba sobre las paredes de El Almacén, aquella noche que recién creado El Guincho conocíamos a aquel César y su infinita tristeza y desolación, traicionado por los que más quería.

Eso es  sufrimiento. Cuando la información se cuantifica y todo lleva a todo en interconexiones de auténtico vértigo. Y entonces puedo ver el inusitado sufrimiento mío y de [email protected] y las innumerables causas que lo causan. Y no se me escapa nada. Ni tu mirada.

Una isla mínima, donde el peso de las vanidades y veleidades la mantiene anclada en el devenir. Con su mar y su tierra vaciándose de vida día a día, de pasión, de arte y de trabajo fino. Ese trabajo que se hace lento y preciso sabiendo que solo el ojo de dios lo va a ver, como más o menos, tan afortunadamente, narra el arquitecto. Más allá de la más ínfima vanidad. Trabajando para lo común, para el otro, para todos. Desde el lugar de cada uno.

Isla petada de ansiedades y movimientos vacuos. Donde el tiempo pasa y al Monumento del Campesino y las veletas del viento se le aportan como modernidad moldes vacíos  en las rotondas. Y a los Jameos del agua y sus cangrejos, moldes humanos más vacíos en el fondo marino. A los espacios naturales, incapaces de hacer nada creativo con ellos, los desclasifican y dejan la poca vida que ahí se salvaguardaba absolutamente expuesta a la rapiña.

Aún recuerdo el día que entre mis manos llenas de lágrimas mezcladas con grasa de bicicletas sabe dios cómo, cayó en mis manos el libro de Rudolf Arnheim: Arte y percepción visual. Esa fue la puerta. Ya años antes, Fernando Ruíz me había inoculado la semilla. ¡Joder, Fernando! Algún día podré contar lo que te debemos. Cómo desde la discreción más absoluta giraste el devenir de la tristeza de César y nos cambiaste a [email protected] Lo siento, igual no quieres ni que se te nombre. Pero la chingué. Aquí estás.

Y el arte durante 8 años de absoluta penitencia, me sanó. Ahí hice de largo la carrera de Bellas Artes. Sin profesores ni exámenes, solo aquellos con [email protected] que la vida me iba proveyendo. [email protected], [email protected], [email protected], [email protected], [email protected], [email protected], madrileños (fundamentales), etc. Sabe dios cuánta gente pasó por aquel garito oscuro. Cuántos libros por mis pestañas. Como anécdota, un profesor de arte de una universidad alemana, que siempre me traía pinturas de regalo, me hacía fotos del sitio para enseñárselas a sus alumnos, que se quejaban que no tenían espacio para crear.

Pinté hasta la extenuación: lienzos, papeles, maderas, paredes… lo que pillaba. Aprendí con grandes profesores a fabricar mis acuarelas y mis acrílicos, lo que me permitió usar las tierras de la isla. Y fui totalmente poseído por ese proceso día, noche y sueños, comiendo y cagando; no había otra cosa.

Enfermo de la rabia que Dimas y su pardeleos me había inoculado. Y la injusticia que para salvarse habían cometido incapaces de tener la hombría de reconocer sus actos, nos masacraron. No creo que nadie supere la contra que él le hizo a César (los de ahora no le llegan ni a las canillas)  y en esa contra salió gigante de barro, senador de la isla con mayoría requeté absoluta, lo nunca visto. Una vez más, las ingentes e inagotables cantidades de dinero que generó la especulación, arrastró socialmente. 

No sé si alguien se acordará de él cuando cumpla 100 años. Muchos se beneficiaron de aquel dinero. ¿Quedó alguna obra de arte digna de ser arte? Insisto, tuvieron tiempo y dinero a espuertas, la Fundación no era nada aún, o casi nada. No tenían freno. ¿Qué crearon?

El señor de Dimas, su jefe, no el de Lanzarote, el que mandaron a cargarse a César y desarrollar a destajo Costa Teguise, el que montó el famoso pacto de las tuneras, al que casi todos en la isla le lamían el culo, fue detenido hace unos años en un yate en un puerto español con mil doscientos (1.200)  kilos de cocaína. Arturo del Tiempo Marqués; seguro que ahora pocos lo quieren reconocer. Una vez le imploré piedad con la isla. Yo era un niño. Él, un hombre desesperado. Ese narcotraficante marcó el ritmo de la isla. A eso y más cosas peores aun nos enfrentábamos. Sobre todo, a ese ritmo. Que es todo menos música. Y sigue sonando.

Nunca firmé un cuadro ni lo vendí (seguí alquilando bicicletas) y siempre me acordaba de gentes que en mis viajes me había topado en calles tirados, con obras mil veces más geniales que las que había visto por aquí, vendiéndolas por un bocadillo y una botella de mal vino, radiantes y felices. Asumiendo su momento sin queja alguna a cabildo alguno o fundación alguna.

Sí, hice intercambios. Cuando necesitaba algo especial y difícil de conseguir, pactaba el intercambio. Alguno de ellos está entre colecciones de cuadros que me da hasta vergüenza pensarlo. Allí, anónimos. Bueno, algunos cedí a las peticiones y, ya intercambiados y en visitas que luego hacía a esas personas, los firmé (por detrás); pa’ nada, caprichos, normas.

 

Si veo las acuarelas de Turner me desarmo; misterios de la vida

Ni se me pasó nunca por la cabeza tener el más mínimo derecho a que la más humilde sala de la isla acogiera un solo cuadro de esos sin nombre. Nunca. He visto a grandes artistas trabajar rotos, implacables en éxtasis creativo, sin comer, sin dormir. He podido visitar grandes museos de [email protected] [email protected] con [email protected] mejores cicerones y solo. Ahora ya todo eso me cansa, como cansa seguir tomando medicinas cuando sanaste. 

Pero si veo las acuarelas de Turner me desarmo; misterios de la vida. Siempre tuve debilidad por el papel. Y ese hombre y yo miramos igual el mundo, y él esa mirada la hace arte. Y a mí, me lleva a cotas de observador difíciles de alcanzar por otros medios visuales. Alguna vez, navegando en la amanecida en mi bote camino de Alegranza con los ojos llenos de sal, los pude intuir. Cuando las primeras luces del sol aún sin salir, se mezclaban con la sal de mis lágrimas y las del mar y el plancton fluorescente me abordaba, en mi coco restallaban luces indescriptibles. ¡Jo, Turner! A mi amigo el pintor no le gusta, pero yo soy libre hasta de su opinión y su mirada y como lo sabe y es sabio y generoso me llevó a Londres a verlo.

Lo digo todo esto para posicionarme en mi apoyo inquebrantable a la Fundación y que no se les pase por la cabeza que lo hago solo porque soy un puto perreta ecologista. Más aún, creo que sé más de pintura que de ecología. Muchísimo más. No me descartes tan fácil elitista de la nada.

Y cuando cuervo vuelo, veo ese cuadro que él veía que es Lanzarote. Al que le dio algunas magistrales pinceladas y que tan bien protegió de [email protected] carcomas [email protected] que no veían un mundo pleno, sino suelo. César era muy consciente de que esa gran "pintura" era básicamente obra de la naturaleza y de los humanos que convivieron con ella. Y lo dijo una y mil veces y diez mil. Ella y [email protected] son el fundamento y lo fundamental. Antes de que llegaran los enterados y aprovechados de turno.  Humanos rotos y desarraigados incapaces (y ahí está su perdón) de asimilar semejante explosión creativa. Más allá de mercadear con ella.

Otros egoicos querían su nombre propio en ella; solo lo lograron los que ni lo pensaron y el tiempo seguirá limpiando alguno que se quiso imponer. Implacable. Y si alguno que no está lo merece realmente, ya surgirá eso; ha pasado y pasará muchas veces. Con todo esto quiero decir que el arte sana. Solo hay que entrar en él. Esta justo detrás de todas las vanidades y los victimismos. Y con lo mismo y a la inversa, enferma. Hablo del alma.

A [email protected] [email protected], a los que esperaban que yo "escribiera" algo más, pues ya está. Les invito a que también de alguna manera se expresen; para mí será a la inversa el mismo placer y la misma necesidad.

A la Fundación no se le puede pedir mucho más. Yo daré lo que la montaña marque. Y me moveré hasta donde el cuervo de día vuele y el lobo de noche trote. Ahora, de formato humano, las rodillas me tienen parao. Eso, si consigo mantenerme en este estado de "solo soy una pregunta". Si aparece la respuesta, entonces solo la respuesta lo sabe.

Muévanse carajo. Todavía están aquí. Respiren, siéntanse, actúen, equivóquense.

Vienen tiempos difíciles que no deben ser solo para acusar al pasado y lo pasado, sino para volver a crear. Pero para todos. Para el bien común, para el sentido común. Pasen miedo, sientan el tufo del aliento del poder, la soledad verdadera. Háganlo, no para que "mi" casa esté guay, sino para que el pueblo esté guay y, más aún, para que la isla esté guay. Ayuden, acompañen a toda esa vida que se esté extinguiendo. Somos nosotros también. 

El único enemigo es nuestra abstención de la vida común. Crear esa vida común satisfactoria para el cuerpo y el espíritu de todos es lo que yo llamo el arte de la vida. Y entre el cuerpo y el espíritu, para gestionar eso solo se necesitan dos dedos de frente. No conozco a nadie que no disponga de ellos.

Un abrazo.

Por Ginés Díaz Pallarés

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