18/nov./2019

El juicio de las pardelas

El juicio de las pardelas

Carta a Hilario. Eran aun los tiempos de antes del Parque Natural. Principios de los años 80. Eran los tiempos en que no tenía compromiso con nada. No era guarda, no existía El Guincho y, sobre todo, unos desalmados nos habían dejado una montaña de pardelas muertas porque la borrachera que se habían cogido junto al faro no les había dado ni para desplumarlas. Se largaron y las dejaron allí, ciento y tantos seres muertos entongados para nada, por nada. Ni tan siquiera la oportunidad para lo que la vida los había diseñado: un vuelo. 

Así que como eso no había sucedido aun, yo solo tenía el compromiso de vivir. De pescar para comer y de extasiarme con lo que aquella naturaleza salvaje nos deparaba. No había comunicación con el exterior, salvo hacer fogatas a los barcos que faenaban por fuera y, si el tiempo era bueno, podías hablar con los viajeros desde la orilla y ya quedabas para la tarde si querías por algún motivo ir a Lanzarote. Normalmente, sólo se iba a vender las viejas secas y reponer víveres; eso se hacía al menos una vez al mes. Por ese tiempo, Sasa sólo era una mujer muy guapa e interesante, la más quizá, pero yo estaba vivido de mujeres interesantes o guapas. Hasta que me partió el rayo en canal y me abrió a ella. Bueno, quería decir que no estaba enverilao en una sola; que era soltero…

Aquel día había quedado por la mañana con Juan Resulta y Marcial, que habían saltado a tierra a coger carnada. Era lo que decían. Yo creo que saltaban a traerme algún regalo, pan fresco o cualquier detalle que a ellos les encantara y para disimular cogían cuatro cangrejos. El día presumía ser largo como largo sólo pueden ser los días de bonanza en verano. No sé cómo explicar el esfuerzo físico que debe ser ese fleje de horas deslomado con el mira fondo fijo tras las viejas, y el remero diez horas bogando para colocar el barco en su sitio cada instante, bajo un sol de justicia.

El día presumía ser largo como largo sólo pueden ser los días de bonanza en verano.

No había gafas de sol polarizadas. A veces pienso que gente como Marcial sabía de la meditación lo que no está escrito. Fíjate, dos personas juntas toda la vida, una siempre cada instante viendo el fondo del mar detrás de la pesca y la otra el cielo, perfectamente sincronizados. ¿Serían una sola mente? Más aun, ¿serían un solo todo? Pues después de semejante esfuerzo tenían a bien venirme a recoger con todos mis bártulos a la orilla, lo que por rápido que se hiciera su media horita se le echaba. Ese día habían hecho una muy buena pesca y vinieron a buscarme por Punta Morena, que estaba enfrente de mi choza, antes de lo que yo había previsto o a mí el día se me había acortado y no estaba en la orilla a su momento. Lo de mi choza lo digo yo; mi tío Agustín decía que era su gallinero. Aunque ahora parezca una contradicción con lo de antes y después, así de extraño era todo allí. El tiempo es relativo hasta dentro del mismo tiempo. Los días en Alegranza, sobre todo los de pesca, duraban un instante. Te levantabas con el sol y sin darte cuenta estabas jareando las viejas a la oscura. A veces mirabas para ese sol y casi le rogabas: “¡Para! Por dios, ¡para! ¿A dónde vas tan rápido?”. Pues eso, me pillaron con el fuego encendido sancochando una vieja para no liarme mucho y salir por patas cuando vinieran a por mí.

Allí, normalmente, no comíamos al medio día. Nos hinchábamos a tope en el desayuno y luego la cena. Pero, por el día, bien nos llevábamos una pella de gofio con frutos secos y todo lo que se le pegara, bien te colgabas el collar de lapas secas que ibas chascando a lo largo del día.

Si no había gente en la isla y podías estar en pelotas, lo práctico era el collar y no tenías que cargar nada, los calzoncillos servían entonces de gorra y si aparecía alguien pues para tapa rabo. Para el agua era como los camellos: embuchaba toda la que podía meter y hasta la próxima. Como dije, llegaron antes de lo previsto y yo agarré los bultos y salí corriendo para embarcar. Marcial puso su barco marinero proa a la Graciosa y Juan comenzó su plática conmigo. ¡Cómo le gustaba tertuliar! Y cómo me gustaba escuchar sus historias. Pues en esa llevábamos como media hora; Juan estaba mirando a proa y yo sentado frente a él mirando a popa y viendo la isla alejarse y el jumillo del fuego con mi vieja casi desaparecer. En algún momento, Juan miro atrás y vio el humo y me dijo: “Pero, alma de dios, ¿no apagaste el fuego?”. Y yo le conté que estaba sancochando la vieja y salí por patas para no hacerlos esperar. ¿Qué es el tiempo? ¿Cómo mora en nuestras cabezas? ¿Qué vale una vieja ya pescada? No hubo manera de disuadirlo; volvieron a Alegranza, me botaron a tierra y me hicieron comer la vieja y sin prisas. ¿Qué mundo era aquel? Aquellos barcos iban por la mar tum tum tum tum tum al golpe de las paletas de aquellos motores de los que se sentían tremendamente orgullosos; atrás quedaban las velas, pero sobre todo las remadas imposibles. Los días de bonanza, los buenos de la vieja, esos no había viento para vela alguna. Así que, a aquellos primeros motores, sus hélices no parecían girarles: simplemente paleaban. Y hacer lo que hicieron vendría a ser hoy más o menos llevarme de Órzola a Playa Blanca y vuelta en coche porque se me quedó el bocata en Órzola. Te das cuenta que hoy nadie dispone de ese tiempo y te preguntas dónde se metió o quién se lo llevó. Y porque el bocata no vale nada. 

Te das cuenta que hoy nadie dispone de ese tiempo y te preguntas dónde se metió o quién se lo llevó. Y porque el bocata no vale nada. 

Pero no voy a engañar a nadie: Marcial y Juan eran diferentes. No todo era así. Ya el tiempo estaba desapareciendo y día a día veías damnificados sin él, medios alterados por todos lados. Cambiando el resto de sus tiempos por objetos, comodidades y seguridades imposibles. Juan, irónicamente, decía: “Quí vamo asé, son los tiempos”. Erevista, en Órzola, decía: "Mira Ginés si ya hay coches en Lanzarote que chocan unos con otros". Y en esa época llegaban tres al día a Órzola y ya era mucho. Pues si les parece mucho, aun cogieron y me llevaron a Órzola para luego ellos volver a La Graciosa, otro viaje más Playa Blanca, Órzola. Todo por una vieja, por el respeto a las que cada día sacaban del mar para alimentar a los suyos. Más o menos lo mismo que los que dejaron la montaña de pardelas. Todo eso en los mismos tiempos a distinto tiempo. Porque a ellos el único tiempo que les preocupaba era el del viento, el del rebozo; el otro era de ellos, su tesoro.

Juan, de joven, cuando se tenía que marchar para África, se levantaba de madrugaba y le dejaba a su mujer la casa limpia como el oro, más limpia que su barquillo que ya es casi imposible. Hombres grandes. Yo, que no soy de condolencias, tras su muerte fui a ver a Agustina, su mujer. La primera vez en mi vida. Siempre he sido como muy neutro ante la liturgia de la muerte. Marcial, me cuentan que antes de morir soñaba en alto conmigo. Me llamaba. Y, a veces, pienso que todo fue un sueño; por eso, las historias de verdad, lo profundo, prefiero escribirlo por las noches cuando duermo en mi libro de los sueños. Para que no tengan tiempo ni lugar y alguien se las pueda encontrar en otra dimensión y leerlas sin coordenadas de ningún tipo. Ahora, lo más lógico me parece, sería que el día que me muera vengan a recogerme con el barquillo. Que Juan no vea ninguna hoguera encendida y que con un gesto mío entienda que dejé ‘la casa’ limpia como la patena. Y a la voz de Marcial, "¡Ños, vaya barco marinero!, poner rumbo y ni una palabra más. ¿Para qué? Si Marcial sabe donde esperar a las mujeres que fueron bien amadas… Sirenas de las estrellas. 

 Porque sabía que el tiempo se doblaba, y si sabía eso, sabía que no había tiempo.

Pero esos son otros tiempos y otros espacios por venir. O no, el tiempo al fin y al cabo se termina enroscando. En algún lugar, algo lo hace doblegarse, doblarse lo suficiente para que vuelva a sus inicios. El gran sol oscuro. Tal vez por eso, Juan siempre dejaba la casa limpia cuando el tiempo se lo llevaba para la costa, para el otro lado para el otro mundo. Porque sabía que el tiempo se doblaba, y si sabía eso, sabía que no había tiempo. Bueno el del viento, que la vida se tiene que mover y el de las olas y ya estamos otra vez con Juan y Marcial navegando para Alegranza, picando el ojo de la trola que le van a meter a Ginés para dejarle el regalo y que no se regañe.

¡Ahhh! A la vuelta del tiempo, las pardelas de la tonga no las pudieron coger y andan volando por esos mares adentro. A mí, esa vuelta parece haberme agradecido los servicios prestados, el tiempo entregado y del golpe me lo ha puesto todo en el cuenco. En paz. Porque ahora yo ya soy de los viejos que cuentan historias y sé que todas vuelven para ser bien terminadas. Amadas. Las matemáticas de todo esto, la geometría, las conexiones phi, las explicaciones de frecuencias y vibraciones las dejo en mi libro de los sueños, y en algún lugar, en algún tiempo, tal vez a alguien les puedan ser útiles. Tendrá que ser un buen soñador o soñadora. A mí, la lección que necesitaba en esta vida me la dio Asensio, el de Papagayo, cuando empezaba a pescar viejas, y un día ante su pregunta de si había pescado alguna le respondí: "No cojo una puta vieja”. Y él, con su pachorra me soltó: "Disiles putas que vas a coger muchas". Al día siguiente cogí 20. Nunca más volví de una pesca en blanco. Ahí les dejo ciencia para investigar. Que están petadas las universidades. "Disilis putas que vas a coger muchas". Manda huevos. Asensio, Juan, Marcial… Maestros para un curso acelerado. 

Quien te va a enseñar lo que necesitas te lo hará saber en un instante y será el más inesperado o la más inesperada.

Termino diciendo: cuidado muchachas y muchachos. Quien te va a enseñar lo que necesitas te lo hará saber en un instante y será el más inesperado o la más inesperada. Las enseñanzas, como las grandes fórmulas matemáticas, cortitas y elegantes. A mí, a día de hoy, para estar a gustito me basta con esta: "No desear a los demás lo que no quiero que deseen para mí". Ya no pesco. Y a los pescadores les deseo la mejor de las pescas. ¡Ah! Y por si sirve de algo, a Asensio la mayoría le tenía cuanto menos por tonto. Le había dado la vuelta al mundo y estaba en Papagayo para cuidar de su hermano Hilario, que andaba desarboladillo; seguro que es el que más sabía, pero ahí no llegué. Hilario… Hasta el otro día, su chiringuito se mantenía firme en medio de todo el emporio de Playa Blanca. Irreductible e intemporal.

Siento vergüenza de la deshonra y deshonor que supone ese silencio, esa agachada. Porque me gusten o no, son mi gente. 

Esto anterior está escrito hace tiempo. Ayer fue el juicio de las pardelas de Alegranza. Una mujer joven, ética y valiente los pilló. Una mujer "de pa fuera" dirán algunos, otros dirán goda. Una mujer. Siento vergüenza de que los hombres, los de aquí, los de mi tierra, se negaran a declarar, contestando sólo a su abogado. Siento una profunda y salvaje vergüenza. Y no es porque cogieran las pardelas, que las cogieron diga la jueza lo que diga. Las cogieron antes, ahora y después. Siento vergüenza de la deshonra y deshonor que supone ese silencio, esa agachada. Porque me gusten o no, son mi gente. 

Y recuerdo coger hombres pardeleando que me miraban a los ojos y me decían: “Tranquilo Ginés, me cogiste, buen trabajo”. Plenos de humanidad y orgullo: hombría de verdad. Y de reconocimiento a mi trabajo y esfuerzo. Y asumiendo su error.

Una mujer casi se mata, le masacran la vida y cercenan su trabajo. Y ahora ellos se quedan callados como niños asustados para que su abogado de pro les salve del entuerto. Una pena, una gran pena. Mis hombres. Todo es observado. Y el tiempo siempre se termina enroscando. Y en lo profundo del sueño, todo se sigue tejiendo.

Sargenta, mi más profunda consideración. Gracias mujer por hacerme más hombre.

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