19/oct./2019

Del País Vasco a Euskadi

Del País Vasco a Euskadi

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Viajé del País Vasco a Euskadi. Albores de la democracia. Me encantaba la tensión que mi neutralidad causaba en el País Vasco. Cuando lo conocí, era, para mí, País Vasco; luego, poco a poco e imperceptiblemente, se me fue haciendo Euskadi. Llegue a él de la mano de una chica de Zarautz que supo cómo mirarme y dejó que yo la mirara. Cada vez que la mirada con una mujer era transparente, sabías que venían días de sensualidad y aprendizaje. O solo un día. Algún año alguien se llevara el Nobel por descubrir qué sucede justo en esa millonésima de segundo que dos miradas se estrellan, de estrellas, no de estrellarse; hablamos de amores no de subsistencia.

No recuerdo cómo llegue a Zarautz, pero debió ser de noche. Era un lugar en el que la sofisticación humana y la naturaleza salvaje se habían encontrado en paz. Pero siempre con una línea fronteriza invisible que traspasabas a cada instante, ahora salvaje ahora sofisticada a cada paso, a cada mirada. Y un poco así eran aquellas gentes, aquella chica de la mirada. Ella curraba y me dejaba solo en una buhardilla entrañable y para mí de cuento; va, para mí todo era o de cuento o de película. Pero lo tengo que recordar para que se hagan una idea de donde andaba yo; vamos que no era en el mundo, sino dentro de un cuento o en una película. Porque me costó entender que lo que había fuera de Lanzarote era real. Y ya era irreal esa isla en la que mi madre me parió. Con lo aquello de mi padre.

Pero digo dentro porque yo, ingenuo, no me sentía espectador, pero, a veces, por cómo me miraba la gente, sí parecía que aquel cuento o película los tuviera. Y muchas veces entraban y salían a su bola. Yo no tenía poder alguno sobre esa situación. Siempre llovía. No sé si eso era lluvia; era como si el aire en vez de ser como aquí fuera de millones de unas gotas finísimas en suspensión, como la calima, pero lugar de polvo gotitas de agua. Y me encantaba sentarme en una pequeña ventana de la buhardilla y pasar las horas viendo el agua escurrirse por el cristal y sobre los paraguas que pasaban por las calles, o hipnotizado con el humo de las chimeneas. Oyendo músicas modernas que nunca había oído.

Un día las gotitas pararon y comenzó a llover de verdad, madre mía, a manta. Y luego otro día paró de llover y el mundo se hizo una postal. Con ese cielo azul que siempre te piensas que son trucos de las postales, pero que, de pronto, aparecen. Y salí a la calle, y descubrí que debajo de los paraguas había vascos y vascas, más vascas que vascos, porque allí no era como en Lanzarote, allí las mujeres salían a las calles día y noche y se les veía independientes y guevúas.

Y sucedió algo maravilloso: me quisieron. Todos me querían, no sabía si la chica era la jefa del pueblo y había dado órdenes o qué, pero me querían, se ocupaban de mi a todo momento, me sugerían cosas, comidas, paseos lo que fuera —yo venía de un pueblo de Castellón donde eres enemigo permanente, te acechan—. Y, poco a poco, la frontera entre mi cuento y el de aquel lugar — porque ellos también vivían en su cuento —, se iban diluyendo, entrelazando. 

Me gustaban [email protected] jóvenes y me gustaban [email protected] [email protected] Me gustaba todo lo nuevo del mundo que entraba virgen y con vigor por allí y todo lo viejo que permanecía inalterable y custodiado allí. Menos la heroína. El arma blanca contra aquella rebelde juventud. Luego descubrí el paseo a Guetaria y eso fue como el teleférico de Montjuic, solo que gratis. Podía haberme quedado en un bucle toda la vida entre Zarautz y Guetaria.

 

Guetaria, la bruja, te mira a la cara y te dice no sabes nada, no has visto nada, no conoces nada, eres un imbécil, deja de observarlo todo y escucha también. Entra. Eres un ser humano, parte de la estirpe de otros seres humanos que te trajeron hasta aquí. Así que a mí no me hablo Zaratustra, pero me habló Guetaria. Pero me mantuvo en el bucle cada vez más acelerado. Y, como si me hubieran embrujado, todos los sucesos se empezaron a acumular. Política, policías, drogas… debajo de aquel paraíso había otro mundo, como detrás de la lluvia había otros días de sol.

Y de pronto, cuando la velocidad de todo aquello ya era insostenible, de vértigo, una mañana después de una noche loca más, todo apareció blanco. Había nevado. Mi primera nieve, toda "la nieve" que sistemáticamente había rechazado allí, calló del golpe limpia y pura. Premio a mi obstinación de, eso no. El bucle se paró y una fuerza indómita, un poder muy superior —a mí y a lo que me unía a aquella chica— me empujó al monte. Ella no entendía nada de mi partida, yo no podía explicar nada, pero todos sus amigos y amigas me miraban y le decían déjalo, déjalo, tiene que seguir.

Yo creo que a ellos también les poseyeron, si no, no me hubieran dejado partir por un camino solitario petado de nieve, envuelto en bolsas de plástico desde los pies hasta la cabeza porque ni buenas botas tenía. Eran grandes los vascos, pero yo que no era tan grande; tenía el 45. 

Empecé diciendo: "me encantaba la tensión que mi neutralidad causaba en el País Vasco". Pues imagínate: en aquel país en el que comenzaba a adentrarme estaban en guerra. Una guerra extraña, pero guerra. Todos se vigilaban, todos eran sospechosos, bien para unos o bien para los otros. Pero nadie era considerado neutral. Imagínate entonces un pequeño pueblo cubierto de nieve. Imagínate el cuartelillo frío y seco petado de guardias civiles emparanoiados, viendo la tele y un bareto en la plaza del pueblo con su hoguera lleno de vascos semi silenciosos sobre sus vasos de vino —dos trincheras, una frente a la otra—. Fuertes los unos y los otros, valientes los unos y los otros, desamparados los unos y los otros. Plenos de rabia todos. Esperando el siguiente golpe de un lado o del otro. Acechando como lobos heridos, en el alma. Y que, de pronto, de la nada, semi enterrado en la nieve, aparece una figura forrada en plástico con las barbas y el pelo largo blancos de la nieve, pero que, por dios, si le pones la cruz es Jesucristo arrastrándola. Yo solo podía dirigirme al bar, aterido y satisfecho de que la noche no me hubiera trincado sin llegar al pueblo. Entrabas donde ya todos habían tomado posición y gesto para tu entrada. Y entonces pronunciaba la frase mágica que me había recomendado la bruja de Guetaria. Decía "soy canario" y entonces todo cambiaba y la hospitalidad en su sentido más profundo se desplegaba. Seguramente, instantes después, en el cuartelillo, un suspiro profundo y unánime sonaba.

Era el primer pueblo y nadie sabía aun que no era de bando alguno. Que lo único que había debajo de los plásticos era frío abrazando a un idiota. Y todos se olvidaban de la guerra y se ponían a oír las historias que me demandaban de cómo había llegado hasta allí en medio de una nevada que ni los caballos movían el rabo. Y que ni ETA ni policía ni dios habían interceptado aquel punto negro plastificado que avanzaba por la carretera más solitaria del mundo en aquel momento. Risas, muchas risas y vino, mucho vino. Y licores. Y sentí el aliento maternal de la bruja de Guetaria que se acercaba a mi oído y me decía: gracias, lo necesitaban. Luego, siempre alguien me llevaba a su casa, donde seguíamos contándonos historias hasta casi la madrugada, junto al horno de la cocina. En la mañana tenía mi ropa lavada y seca junto al fuego, nadie había conseguido botas del 45 y ya, solo con plásticos en las piernas, seguía a por el siguiente pueblo y en la salida, una pareja de la guardia civil siempre comprobaba mi partida como las gaviotas esperan a que dejes de pescar. 

 

Atravesé así toda Euskadi, siempre controlando las notas que aún conservo de la ruta a seguir, que la hice para garantizar que nunca saldría hacia otro pueblo que estuviera a más de diez kilómetros de distancia. Eso, en la nieve, a veces bien profunda, no es poco. Pero se trataba que bajo ninguna circunstancia me trincara la noche. Eso era muerto. Navegué por aquel mar blanco muchos días, de la misma manera que alguien que nunca vio el mar le dan un bote y se va a recorrer las Canarias.

Me fui adentrando en lo profundo del país y cuanto más adentro, más hospitalarios y agasajadores fueron al sortilegio de "soy canario". La belleza de lo que vi es inenarrable. Lo siento pero no tengo palabras; cojan ustedes e imagínense un pibe de cota cero caminando por parajes nevados nunca vistos y ya fuera de película alguna. Allí no había margen al cine, había una frontera palpable entre la belleza absoluta y chingarla bien.

De todo, el momento culminante fue cuando tuve que subir un puerto para encarar luego ya hacia el valle del Ebro. El puerto tenía un túnel y bordear aquello era más que peligroso, porque suponía entrar a la montaña a pelo y subirla y bajarla al otro lado. Chingarla. El túnel estaba helado y del techo colgaban miles de estalactitas como lanzas de más de un metro. Era como un tubo mágico de millones de diamantes brillando y hasta la luz perdía el sentido allí y rebotaba atrapada de un lado al otro, de una estalactita a otra, del suelo al techo. Buscando la salida desesperada.

Intenté entrar y me metí un partigazo que casi me mato; no existe nada más resbaladizo que aquel piso. Y no sé si fue por el tortazo o puta casualidad pero, a poco de mí, cayó una de aquellas lanzas dejando claro lo que harían con mi cabeza dado el caso. Igual no cayó, pero yo la vi caer. Estuve a punto de dejarlo y volver. La chica, su figura, su calor, comenzó a tomar poder. Cantos de sirena. Entonces la bruja Guetaria se me vino al cuello y a las tripas y me zumbó: "A una mujer no se le trata así, cobarde. Si te fuiste sigue, y si quieres volver con ella pasa el túnel, vuelve a pasarlo hacia aquí otra vez y entonces ve con ella". Jo, me hizo llorar de lo miserable que me sentí y con lágrimas en los ojos que volvían aun más loca a la luz si cabía, milímetro a milímetro, a cuatro patas, atravesé el túnel. Una eternidad. Entonces la bruja Guetaria me dijo: ¿Está ella aquí? ¿No? Pues sigue.

Navegué entre las lindes de Navarra y Euskadi y, por fin —ya agobiaba un poco—, la nieve desapareció. Llegué a un pueblo-ciudad en el río Ebro. Llovía a cántaros: me había trincado la noche justo el último día de mi viaje. Yo estaba bien jodido y aquello no parecía Euskadi ni aquellos vascos, ni la bruja Guetaria daba señal alguna, sonaba a chingada buena y de pronto pensé en la policía. Jo, todo el viaje habían estado sutilmente pendientes de mí. Así que me fui a visitarlos. Di con el cuartel de la poli local y les conté mi aventura y que obviamente aquello no era un pueblo y nadie me iba a llevar a su casa y fuera era muerto, así que les pedí hospedaje, bueno, celdaje más bien. ¡Ahhh! Por supuesto, lo de canario ya había salido. El poli llamó por teléfono y me dijo que sí, pero que tenía que ser encerrado. Buen final para el viaje más libre imaginado, encerrado en una celda de policía.

A mi me daba igual, dormir siempre fue mi don. Y, al fin y al cabo, ¿se pueden encerrar los sueños? Y menos a tu estrella. Ella siempre necesita ir delante en el espacio y el tiempo. Si te has entregado y confiad, ¡ja! es etérea. No puede ser encerrada. Pero no dormí solo; la celda era grande con una camilla pegada en la pared. El resto estaba petado de gigantes y cabezudos, papahuevos vamos. Que si son grandes, desde la camilla en el suelo eran inmensos y si a eso le pones buenos truenos e iluminación de rayos y relámpagos que más se puede pedir para dejar una noche Euskadi —a mi me paso al revés que en ‘Ocho apellidos vascos’ a la salida, pero pasar pasa—.

El poli a mitad de la noche se largó para su casa. Porque el jodido se despidió con una sonrisa socarrona, dejándonos a mí y a los papahuevos a cargo de la noche de los rayos y los truenos. Que si los papahuevos ya son expresivos de por sí, relampagueados en un cuarto oscuro ni te cuento. Por la mañana, después de que me abriera, conocí el famoso río Ebro, pero ese es otro cantar y ahora mismo no me acuerdo una mierda de a dónde me mandó a parar.

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