16/oct./2019

Amiga y ancestral rabia

Amiga y ancestral rabia

Como cualquier otro animal que tenga locomoción, lo que hacen los seres humanos cuando su ecosistema está en peligro o es muy complicado para subsistir, es huir. Cambiarse a otro lugar. Eso lo llevamos haciendo desde el principio de los tiempos. Hablo de cuando las posibilidades de adaptación a ese medio se hacen insufribles e inútiles. Migraciones, conquistas por la fuerza, hacia o de otros espacios. Ese ha sido el movimiento de todos desde siempre y eso ha estructurado  sus sistemas nerviosos. Los nuestros. Desde sus instintos a sus  intuiciones o sus reflexiones.

Una guerra no es sino una huida. Y las guerras actuales no son otra cosa que conquistar esos espacios sin tener que ir allí. Vamos, que en vez de instalarnos donde los nuevos hábitat, los desmontamos y los traemos a nosotros. La situación del planeta es tal que esas soluciones ya se hacen imposibles. Y, especie tras especie, sobre todo las más complejas, están desapareciendo por no poder actuar en esa lógica, con ese modo de operar,  y no tener otra a su disposición.

Las bacterias, los virus y ciertas formas de vida muy primarias que se producen en estado aún mineral, seguirán. Aquí y en otros lugares del espacio. Si los humanos pudiéramos ahora emigrar a otros lugares del universo de forma masiva, ya lo estaríamos haciendo. De la misma manera que, en otros momentos, cambiamos de continentes. Y muchísima gente tendría clarísimo que esa es la opción adecuada. Millones y millones de personas. Pero no existe esa posibilidad. Y parece obvio que ni el instinto ni la intuición ni la reflexión nos va a sacar de este absurdo suicidio colectivo.

La información ya la tenemos más que disponible para que estuviéramos aterrorizados; todo tipo de información, desde la que nos llega por instinto, por intuición o por reflexión. Pero, insisto, todo está programado para la huida, ya sea pacífica o conquista violenta de otro nicho ecológico. Y no hay más, solo la Tierra, y hasta su nombre está más que caducado. Y nos hemos quedado paralizados, bloqueados al no tener una huida a la vista.

Llevo mucho tiempo indagando en mí, que es de lo único que dispongo si quiero llegar a una investigación profunda sobre cómo solventar este terrible problema de estar atrapado en una forma de vida que siempre actuó de esa manera: huir. Y si a donde llegabas no tenías acceso, peleabas por él. Otros homos —incluso que forman parte de mi— ya pasaron por situaciones que están escritas en mi ser, y donde uno o varios de ellos se extinguieron.

Hasta donde he podido indagar, sólo he podido llegar a una forma disponible de actuar para mi ser. Esta sería que por primera vez me importara más la vida del otro que la propia, y que cada uno de mis actos interiorizara eso. Porque mis mecanismos de subsistencia seguirían siendo los mismos, estarían disponibles, sólo que para salvar al otro —no sólo hablo de [email protected]—. Si todos hiciéramos lo mismo, tal vez podríamos seguir aquí y parar esta destrucción de las formas de vida más complejas. Y, luego, con muchísimo tiempo por delante, ir tanteando la posibilidad de expandirnos por otros lugares del cosmos. Pero el sálvese quien pueda ya no funciona por primera vez en la historia conocida del humano. Ahora tendría que ser: salva al que puedas.

Así que el domingo voy a votar a los que, aun estando como yo muy lejos de esta posibilidad de actuar de alguna manera, están más [email protected] a ella. Y mi referencia es el interés por lo público; ese es un síntoma de pensar en el otro. El interés por los desprotegidos. Por los más débiles. Voy a votar a [email protected] que, tan confusos como yo, al menos vislumbran el problema y no lo niegan. Y, mientras tanto, van experimentando formas y maneras de ayudar a los demás por encima del interés propio.

Las formas complejas de vida poco a poco han ido desarrollando una estrategia, un sentido, que aparentemente era únicamente para el clan, para lo cercano, pero que ahora parece desvelarse como algo que la evolución estuvo creando, a lo mejor para este momento. La ternura, el amor.

Ampliémoslo más allá de los nuestros; ese es el reto y tenemos una cierta práctica. Si alguien conoce otro, le agradecería que lo contara. Quiero dejar claro que a esta indagación le he dedicado los últimos años de mi vida. Con toda la intensidad que mi intelecto, mi instinto,  mi intuición, mis sentimientos y emociones, me proveían, y alguno de los cuales tuve que girar radicalmente para poder seguir con la indagación.

El simple hecho de pensar que la vida me dotó de conciencia y lógica, justo en este instante del tiempo evolutivo tan crítico para mi especie y tantas otras, me parece casi inabordable en mi pensamiento. Y, repito, sólo se me ocurre ser responsable con eso amando a todo lo que transita la vida. Y he ido descubriendo que el amor está ahí, siempre, pero necesita un gesto de la voluntad para que crezca y se expanda. 

Y la buena noticia es que uno se siente muchísimo más vivo cuando lo usa. Por eso creo que es algo a lo que la vida nos está invitando. Para subsistir sin más, no hacía falta alguna. Dejémoslo crecer. Nuestro cerebro, nuestro corazón, nuestros intestinos y cada una de nuestras células, bacterias y componentes de esto que somos lo están pidiendo a gritos. Solo que la rabia de la impotencia, la vieja rabia de dejar lo que ya no valía y nos llevaba a nuevas conquistas, lo tapa. Pero esa rabia ya no nos va a ser útil. Caducó su servicio al humano. Como las uñas del dedo chinijo del pie. Sólo era rabia. Tampoco es pa’tanto: unos agradecimientos y adiós, amiga y ancestral rabia.

 

Por Ginés Díaz Pallarés

Comentarios