19/Ago/2018

Fracaso legislativo

Durante mis 36 años de maestro (1977-2013) he tenido que adaptarme a siete leyes educativas, seis de ellas de la etapa democrática. Una incluso supuso un cambio importante en los motivos e ilusiones que me llevaron a escoger esta profesión. Tanto cambio no es más que la crónica de un fracaso, pues ninguna iba consiguiendo lo que de mejora de la educación se esperaba. Ahora se acaba de aprobar una ley educativa más, la LOMCE, que no me afectará ya como maestro en activo, pero que, sin tener una bola de cristal, creo que volverá a fracasar, por lo menos en lo que supone de mejora de la educación que yo deseo. Sin decir que toda la ley sea mala, creo que es la peor de todas. Si se aplicara el tiempo suficiente y los resultados que pretende se consiguieran, ni siquiera eso, en mi opinión, supondría mejora de la calidad educativa. 

Empecé esta profesión cuando ni siquiera la educación se extendía a todos y escuchando que era de mala calidad. Me he marchado cuando se ha mejorado en cantidad, ahora es universal, pero quedando por conseguir la gratuidad total y la calidad y con negros nubarrones en el horizonte. Las palabras fracaso escolar y abandono temprano las he oído como un problema de todo este tiempo, y mucho me temo, que las seguiré escuchando en el futuro, si la forma de solucionarlo es con esta ley.

Pero ¿quién es el responsable de todo este fracaso? La educación es un guiso con muchos ingredientes y para que salga bueno tienen que ser todos de calidad y en su cantidad justa. 

La comida que queremos la decide la ley. Y la impresión que me da es que lo que interesa es más mano de obra que seres humanos. Más autómatas intercambiables para el mercado laboral, a los que hacemos agachar la cabeza con el coco de la crisis, para que nos sirvan de peones competitivos para el proceso de “achinamiento”  que está sufriendo nuestra sociedad, que seres humanos libres, a los que se enseñe a reflexionar, a poner en marcha su creatividad y a aportar su grano de arena para un mundo menos desigual, más justo y más feliz.

Ser parte del guiso que me propone la ley, y ser el número uno en el informe PISA con esta comida, no me interesa.

De los cocineros, pinches y del resto de ingredientes escribiré otro día.

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