20/Mayo/2019

La post-democracia

Últimamente me salta la inquietud, al pensar si lo que estamos viviendo se trata de una nueva transición, no está de más pensar en las  posibilidades de elaborar un nuevo paradigma para la política, “la post-democracia.”

Hay tres post que tienen mucho que ver con esto: el primer post es el post socialismo. Estamos en una época post socialismo, donde el socialismo ha dejado de ser un referente de masas colectivo revolucionario para las tres grandes competentes que ha habido detrás de eso: el anarquismo, la socialdemocracia y el comunismo.

El segundo post, donde Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, lo han estudiado bien, es la post política. La post-política subraya la necesidad de abandonar las viejas divisiones ideológicas y de resolver las nuevas problemáticas con ayuda del experto y deliberando libremente. La post-política o bien reduce el ámbito de los conflictos a una mera negociación de intereses, o los empuja a sus extremas consecuencias. 

Y por último, el tercer post, el grave, el profundo, el sistemático, la post democracia, estamos construyendo sistemas políticos post democráticos, donde el autogobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo ya no funciona como tal, son soberanías limitadas, oligárquicas cada vez más firmes y ancladas con el poder. 

Lo que se observa con preocupación desde las organizaciones de la sociedad civil son los síntomas reiterados de lo que algunos autores han llamado post-democracia, y la pasividad con que los partidos observan este proceso, que les parece cómodo y ajustable a una modalidad política elitista.

En esto que llamamos post-democracia, sobreviven los elementos formales de la democracia, no obstante se produce una erosión del concepto máximo de democracia, en medio de un contexto social de descrédito, saturación, y desafección política.

Un indicador que me llama mucho la atención cuando hablamos de descrédito, saturación y desafección política es; “la eficacia política subjetiva”. Este indicador, explica la percepción que tiene el individuo de sus propias capacidades para entender la política e incidir en ella. 

Este indicador refleja que la eficacia política subjetiva es escasa y que menos del 50% de los ciudadanos se consideran políticamente competentes.

La post-democracia se asocia con una devaluación de la democracia, la falta de calidad de los debates públicos, y la mediatización de la política. Algunos analistas han hablado de la política post-democrática como el negocio de la persuasión. 

Quizás la post-política, la post-democracia, viene dada por la irrupción de los medios de comunicación que han socavado el sistema, pasando como bien dice Gabriel Colomer, de ser el político-educador, al político-seductor. Lo que a mi entender es el “político 3.0”. 

Tampoco existe en la post-democracia periodismo independiente y la propiedad privada de los medios de comunicación tiende a que estos pierdan credibilidad. Tanto la prensa escrita, como la radio y la televisión, denotan sesgos ideológicos claros. Leemos, escuchamos y vemos, aquellos medios informativos que sabemos lo que a priori nos dirán. 

También define a la post-democracia que los partidos políticos y el gobierno no valoran establecer modalidades para comunicarse con la ciudadanía, en términos de una distribución social del poder. Si le echamos un vistazo a Suiza, donde tienen medidas como la iniciativa popular, por la que si los ciudadanos consiguen 100.000 firmas en un período de 18 meses, pueden proponerle al Gobierno un proyecto de reforma, si este lo rechaza, se produce un referéndum, de forma que si la mayoría de los ciudadanos respalda el proyecto, los gobernantes están obligados a aplicarlo. 

Existe un cierto pavor a crear instituciones que normen el derecho a la participación de los ciudadanos, a generar recursos para la participación, a crear espacios de deliberación pública, a establecer mecanismos de control ciudadano de las políticas públicas, de rendición de cuentas y de iniciativa popular de ley. La política es del pueblo, y para el pueblo. Volvamos a creer. 

Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad. (Albert Einstein)

David Toledo Niz, estudiante de Ciencias Políticas y de la Administración

Comentarios