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¿Microalgas o macroensueño?

Ginés Díaz Pallarés |

lavozdelanzarote | 02 de septiembre de 2019

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Pensábamos que el mar se llevaba los residuos que vertíamos. Y nos quejábamos si un petrolero de mierda largaba residuos cerca de nosotros. Pues bien, somos ocho súper buques enormes largando la mierda de sus pasajeros al mar —uno de los buques es muy chinijo, pero parece que le va la vida en seguir la estela de los grandes—. Y en mierda no metamos solo caquitas, va petróleo, fertilizantes, químicos, desechos médicos e industriales y lo que quieras imaginar. Porque largamos más de lo que puedas imaginar.

Pensábamos que no volveríamos a pasar por el mismo sitio. Y que si volvíamos, el mar se lo habría tragado todo. Vamos, que el mar no necesitaba digerir, pensábamos. Como no le hemos visto estómago ni intestinos, va a resultar que vamos a empezar a descubrirlo por el culo. Sin embargo, nos preocupaba e indignaba los desechos que el mar lanzaba a cubierta por nuestras bordas. Guarros decíamos ¿quiénes serán los que tiran esto que nos llega? Guarros, ¡la civilización!, como si nuestros barcos fueran a velas. Ahora, qué le pedimos al capitán, ¿otra ruta? ¿que limpie el mar?

Las lluvias que cayeron el invierno pasado en La Graciosa eran estériles, por decir poco. Que pocas flores se atrevieron a tomar esa información. Ahora párate e imagina: llueve, llueve y llueve y nada se pone verde. No te lo creas.  Pero paso. Bueno algo se puso verde pero duró un suspiro. Cuánta simiente perdida.

Lo enseñaban en la escuela: el agua de la lluvia viene del mar. O de lagos y ríos que están más pringaos aun. Y en formato nubes navegan por esos cielos recogiendo todo tipo de humos y partículas inmundas. Había unos pocos a los que mandaron al carajo de los barcos, gritando, alertando y avisando hasta parecer payasos dislocados para aquella masa que felizmente deambulaba por cubierta.

El resto, la mayoría del pasaje en las bodegas, camarotes y salones de juegos, ajenos a todo, echando más madera al polvorín. Cabreados si alguien manchó mínimamente su máquina o su honor. Mirando el mundo en pantallas de cristal. Soñando en las bodegas de ‘Paraíso’ —así se autodenomina la flotilla— con viajar a otros paraísos, donde el mar es azul y verde esmeralda transparente.

Ahora, unos y otros se asoman a las bordas y miran incrédulos cuánta merde. Y cuánta vida extraña e inoportuna. Y por su puesto piden cambio de capitán. Para que el nuevo capitán cambie el rumbo. No lo que tiramos al mar.

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