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Al atardecer, en lo alto

Ginés Díaz Pallarés |

lavozdelanzarote | 18 de mayo de 2019

Gdp-I_6

Al atardecer en lo alto de Montaña Bermeja, coincidí con un guirre, una apreciada conocida y su compañero, un señor de mi edad, científico especialista en inteligencia artificial y asesor, o algo así, de la comisión europea en esos "tremendos asuntos". Conversamos lo que pudimos mientras ella nos traducía y los tiempos escuchaban.

Nadie más se veía en todas las islas. Ni un coche, ni un barco lejano, ni siquiera un avión o su estelita de marras. Nadie. Mientras hablamos de robots y vida artificial y lo pronto y lo radicalmente mucho que eso cambiará el mundo. Yo estaba viendo dos secuencias simultáneas.

La primera, era un castillo con sus reyes, duques, condes y demás y una cohorte de sirvientes haciéndoles absolutamente hasta la más mínima tarea. Ellos, los aristócratas, se conjuraban para no hacer ninguna que conllevara usar las manos. Es decir, trabajar. Sólo aspiraban al jolgorio, exquisiteces y refinamientos varios, y que la historia les proveyera. Todo lo funcional en el castillo iba a la perfección y, por supuesto, en sus bajos, y afuera las calamidades eran absolutas.

La otra escena era futurista: una sala de una tecno-clínica, donde luces y sonidos envolventes cubrían a cinco robots que operaban a un anciano muy anciano, le cambiaban órganos de su cuerpo por otros artificiales "vivos", con una precisión increíble, mientras otro extraño robot, tipo platillo volante, sobrevolaba de su cabeza al corazón y parecía emitir algún tipo de frecuencias que, presumo, eran diversas drogas. Pero, a pesar de la alta tecnología y todo tipo de control sobre el dolor, de aquel hombre emanaba un sufrimiento extremo que no era físico, del que los robots no eran conscientes.

En el mismo momento, en algún lugar del mundo, una joven pareja de médicos desaliñados se esforzaban por operar a un niño con un miserable bisturí y sin anestesia. La frecuencia que se oía era la de innumerables llantos. Desde el castillo, algunos sirvientes compasivos les llevaban en el tiempo algo de agua hirviendo y algunos trapos limpios. Lo que me asombró es que aquellos pobres sirvientes tenían que venir del pasado al futuro para ayudar. ¡Uy!

Visto. En lo alto de Montaña Bermeja, al atardecer. Testigos: un guirre, el innombrable y una especie de chamán indio con una máscara rarísima que no tengo ni idea ni de quién era ni de donde salió, pues apareció cuando el científico ya se había marchado, ni a dónde y cómo se marchó. Pero me pareció oírle decir algo así como "mejor Cuba". Me asustó. En honor a la verdad, creo que, durante un instante, me dormí. A veces, es difícil separar el ensueño del sueño. Pero, en honor a la verdad, no fue ni un segundo y fue cuando "el indio". 

Todo lo demás doy fe que fue despierto. Me refiero a con todos los ojos abiertos. Los que dispongo. Como en la foto; ahora alguno más. Pero, por más que miro, no acierto a entender cómo aguantan el sufrimiento los unos a reinar y los otros a servir.

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