La Sexta y su programita

3 de mayo de 2014 (20:34 CET)

Es bastante probable que no conozcan la parábola del payaso, yo mismo llegué a ella por puro azar, pero una vez leída la recuerdas siempre. La escribió el filósofo danés Soren Kierkegaard para reflejar la dificultad de transmitir mensajes trascendentes. Trata de un circo ambulante que sufre un incendio. El director, en pánico, ordena a su empelado más veloz que vaya a pedir auxilio. El empleado resulta ser un payaso vestido para salir a escena. El payaso llega al pueblo más cercano y grita, ruega, implora: solo consigue carcajadas.

Los vecinos ven a un payaso, no a un hombre desesperado. Nadie consigue superar la incongruencia entre el mensaje y el emisor, y el circo arde por completo. Algo así ocurre en Lanzarote a propósito del tan manido reportaje.

Escucho estupefacto a numerosísimos cargos públicos y editoriales de medios cargar contra la cadena, a la par que escucho a vecinos, amigos, conocidos, compañeros de trabajo, etcétera, etcétera, sentirse plenamente identificados con el reportaje. He aquí la fractura, la famosa realidad paralela en la que viven algunos: los políticos dicen NO y los ciudadanos decimos SI a esa realidad, y mientras, el circo, arde.

No me extenderé demasiado, pero todos los políticos ponen el acento en lo accesorio del reportaje: que si la reserva de la biosfera, que si los turistas no saben lo que esconde la isla… menudeces. Todos y cada uno de los casos que se contaron en el reportaje son ciertos y, además, faltan otros muchos.

El reportaje ilustró la realidad de Lanzarote, una de sus realidades, la de la corrupción, porque era un reportaje sobre la corrupción. Cuando hagan un reportaje sobre el turismo en Lanzarote, contarán otra realidad, la del turismo, pero es que hablaba sobre corrupción.

Encima, debo leer al "ínclito" Pedro San Ginés referirse a ella como cosas del pasado, así sin más, cosas sin importancia. Dejemos a la Justicia actuar, dice. Claro, para que ordene una demolición y luego veamos cómo arreglarlo. A la mierda oiga, pero no los de La Sexta, sino todos aquellos que se creen que esto es su cortijo. Vocación de servicio público lo llaman.

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