Opinión

La fierecilla indomable

Acuarela de Sergio Erro

 

«Nunca es tarde, y mejor una vez sola que jamás».

William Shakespeare

Desde que el covid nos aguase la fiesta, no había vuelto a celebrarse una Feria del Libro en condiciones. Pero después de la resaca pospandémica, la Feria devino Fiera. Y no debido a una errata, sino merced a un cambio de actitud. Del 27 al 30 de abril, gracias al empuje de Isla Literaria, la asociación de libreros y editores de Lanzarote, presidida por Mayte Pozo y Tomás Pérez-Esaú, el pueblo de Yaiza vivió unas jornadas memorables. El enclave no podía ser mejor: una plaza amplia y arbolada entre la Iglesia de Nuestra Señora de Los Remedios y la Casa de la Cultura Benito Pérez Armas.

Y allí que nos fuimos, a plantar nuestras casetas. Bajo un solajero terrible, pero ilusionados como chinijos. A la sombra del Centenario de Arozarena (nombrado Hijo Adoptivo de Yaiza), bajo la Atalaya de Femés, en cuya Casona, restaurada, se inauguró una semana antes una expo que se prolongará hasta finales de septiembre. Y arrancó la Fiera, en el ágora, rugiendo con las décimas del maestro Jaime Quesada, perfecto telón de fondo al espectáculo de danza. Enseguida, tras el acto inaugural, comenzaron las presentaciones de libros y los lectores no tardaron en aparecer.

La tarde del jueves fue la más ventosa y apacible. La brisa vespertina ondeaba las talegas. Juli Mesa, una de las autoras publicadas al alimón este año por la Fundación Mapfre Guanarteme, dentro de la colección Canarias en letras, coordinada por Félix Hormiga, estuvo firmando ejemplares de su poemario Lucio Blanca y ejerciendo, durante unas horas, de librera. La experiencia fue maravillosa. Como no había preparado ningún cartel para anunciarla, se lo fabricó ella misma, con su perfecta caligrafía, aun cuando Rafa, de la Librería Diama, se ofreció amablemente a imprimirle uno. Myriam Ybot tuvo la gentileza de acercarse al mítico Bar Stop (lleva abierto desde 1890) a por unas cervezas y un bocadillo de jamón, con el que alimentamos a una gatita atigrada que se acercó a mendigar por las casetas. Una pequeña fierecilla famélica, la mascota de la feria. Lana Corujo, una de las escritoras e ilustradoras vecinas, estuvo dándole de comer. Seguro que la gata, de saber leer, hubiese devorado con gusto algunos versos de su Ropavieja. Intercambiamos una talega literaria (con la cita de Albert Camus) por postales y pegatinas artísticas. Todo salió a pedir de boca, aunque quizá por tratarse del primer día y entre semana, la afluencia no fue mayúscula. El cielo anaranjado del ocaso, con sus nubes incendiadas, nos calentó las pupilas.

El viernes por la mañana, antes de encaminarme hacia el sur de la isla, pasé por La Madriguera a por unas cuantas cajas de literatura juvenil. Porque, de nueve a una, habría visita de escolares, guaguas y más guaguas de alumnos de secundaria. Cuando aparqué, ya algunos estaban allí, como el dinosaurio de Monterroso. Y al poco tiempo, la Plaza de los Remedios parecía el patio del instituto durante el recreo. Cientos de adolescentes, en compañía de sus profesores, yendo de una caseta a otra. La mayoría sin perras. Menos mal que los docentes, benditos sean, aflojaban la cartera para costear los libros. Pasaron Inma y José Luis, quien le regaló una talega a otra profe y repartió felicidad comprándoles ejemplares a los pibes. Aunque hubo de todo: grupos de amigos que reunían la pasta en una vaquita e incluso una quinceañera que llegó a telefonear a su madre para que me hiciese un bizum y poder llevarse los cuatro libros que quería.Durante una pausa, pude escaparme y sacar una foto de los Cuentos canarios de Benito Pérez Armas, que publicó el verano pasado Ediciones Remotas, dentro de su propia casa, duplicando la imagen que ilustra la cubierta. De paso, también me acerqué al stand del Servicio de Publicaciones del Cabildo y cogí un puñado de libros y láminas de Santiago Alemán para enriquecer mi colección de literatura canaria.

Cerramos poco después del mediodía y antes de marcharme, me crucé con Jordi frente a la caseta de El Puente. Estuvimos cambiando impresiones y él, que como librero atesora mucha más experiencia, pronosticó que habría que esperar al finde para valorar el alcance y la repercusión de la feria. Fui hasta el puesto de Itineraria Editorial a saludar a Sergio y Alba, no pudiendo resistirme a la tentación de Hacia el sur. Viajes por España de Virginia Woolf, que narra las tres escapadas de la autora británica en forma de diarios, cartas y ensayos, recopilando bastantes textos inéditos en castellano. Sergio Erro, que además de editor es artista, me mostró una acuarela de la Fiera que había pintado a vuelapluma. El viernes por la tarde ya se notaba ambientillo. Emilio Alonso, un poeta de Vigo residente en Lanzarote, nos acompañó firmando sus poemarios. Jesús y Mamen, hermanos apasionados de la maratón y la egiptología, hicieron acto de presencia. Aproveché que Jaime Quesada estaba cerca para pedirle que me dedicase Tajorase con un lápiz bicolor, rojo y azul. Hubo más movimiento de gente, aunque todavía sin alcanzar las cotas del sábado y el domingo. Abracé a Javi Rodríguez, de la SER, después de años sin verle la rubia coleta. Me comentó que venía a la presentación del libro de Miss Raisa. Le mostré los diseños de las nuevas talegas y eligió una, en negro, con el poema «Dichoso mi yo soñoliento…», de Félix Francisco Casanova, el autor a quien se conmemora este año por el Día de las Letras Canarias.

Hay un cordón umbilical, una hebra de sangre invisible, que conecta a todos sus lectores con el útero de la poesía. En la carpa de firmas se formó la primera cola considerable para conseguir una rúbrica de Jesús Cintora. Otro atardecer fabuloso, más rojizo si cabe.Ya de noche, brindé con Rubén Acosta con una Dorada Especial por el éxito de la jornada. Me quedé al concierto de Miss Raisa, que subió a mi sobrino a bailar al escenario. Un poco tímido al principio, pero luego se fue soltando. Tiene flow el chinijo.

El sábado fue apoteósico. Una auténtica locura. La Fiera se desató y enseñó los colmillos. Oleadas incesantes de lectores abarrotaron las casetas. Por primera vez desde que soy librero, no daba abasto. Menos mal que estuvo Yuri conmigo, ayudándome durante todo el día, porque no paramos. Antes de abrir, Mario Ferrer me dejó una remesa de los clásicos remotos, que casi se habían agotado el día anterior. Noelia, de la empresa de ropa y complementos de moda Almagre, me trajo in extremis las talegas de El crimen de las hermanas Cruz, de Concha de Ganzo, y una camiseta lila con el logo de La Madriguera (rediseñado por Julio), para estrenarlas en el día grande.

En apenas un suspiro, Lana firmó ocho ejemplares de Ropavieja (entre ellos uno para mi suegra). Conocí a Lola Suárez, que presentaba La luz de Mafasca. Y sucedió el primero de los encuentros extraordinarios. Un lector, a quien en medio del barullo no reconocí, cogió la novela Meteoro de Mireya Hernández del mostrador izquierdo y abriendo sus páginas, se fijó en la firma. “Coño, pero si este libro es mío”. ¿Fue un hallazgo fortuito, fruto de la casualidad, o intervinieron las hilanderas del destino? Cuando le confesé que nunca me había ocurrido algo similar, me dijo que “sospechaba quién podría haberse desprendido de él”. El caso es que como ya había pagado el libro cuando era nuevo, no quise cobrarle el importe de segunda mano y se lo rebajé a la mitad.

Como su cara me sonaba, le pregunté su nombre. “Eduardo”, respondió lacónicamente. Nada más irse caí en la cuenta de que se trataba de Eduardo Laporte, que presentaba En presencia de Battiato, arropado por José María de Páiz, autor de la obra El Parnasillo de los Locos y los Amantes, recientemente editada bajo el sello de Los 80 Pasan Factura, quien no paró de remitirme lectores a lo largo de todo el del día. Un gesto que le honra.

Más amigos de La Madriguera. Javi y Ástrid acudieron puntuales a la cita, recogiendo su talega violeta de Saint-Exupéry. Fue tal la marabunta de lectores ansiosos que apenas tuvimos una tregua para comer. Y gracias a que David Machado se acercó a La Cantosa de Uga a por unas pizzas, de lo contrario nos hubiésemos quedado sin almuerzo. Por la tarde, vinieron Jose y Ariane, la griega coleccionista de Principitos,
que se embisnó la talega morada de su personaje favorito y nos echamos unas risas con la polisemia de palabras y expresiones cuyos significados varían dependiendo del idioma. Hacía calufa, así que me agencié un abanico de clásicos (Cairasco, Viana, Viera y Clavijo, Galdós y Mercedes Pinto), herencia de otra Feria del Libro y pude refrescarme a ratos.

A instancias de Yurima, le compramos a Lana un cuadro original, autorretrato de una época oscura de su vida, con un nubarrón de malos pensamientos empañando la mitad de su cabeza, donde a pesar de todo brilla la esperanza. Sintonicé con Jacob Amo, autor de la obra teatral En el Muro y otro devoto de Félix Francisco. Compró ambas talegas y estuvimos hablando como dos groupies de nuestro ídolo. Y ocurrió el segundo lance inesperado. Una lectora, con dos novelas de Héctor Abad Faciolince en el regazo, se topó con el escritor colombiano en nuestra caseta. Se dieron un abrazo y sobre la marcha, habilité un rinconcito donde pudiese firmarle los libros. Fue un momentazo. Luego, Héctor estuvo contándome que también tuvo una librería en Medellín, llamada Palinuro, en honor al piloto de la nave que sacó a Eneas de Troya, tal y como refiere Virgilio. De repente, Elsa López se materializó como una brujita y formamos corrillo. Tras unos minutos charlando, Héctor se fue con un par de libros bajo el brazo, uno de ellos Cómo hablar de los libros que no se han leído, de Pierre Bayard, editado por Anagrama. Sin duda, aparte de un narrador formidable, es un gran tipo.

Elsa se decantó por la talega de Pedro Lezcano, con unos versos pertenecientes a su «Romance del tiempo». Jacob se unió a la conversación y le pedí a Elsa que le confiase los extraños sucesos que acaecen en su casa de La Palma, que perteneció a los antepasados de Casanova. Ese piano fantasmal, cuyas teclas suenan solas y otros fenómenos paranormales dignos de Cuarto Milenio. El gen de la locura suicida presente en la familia, que se remonta varias generaciones. Mas por mucho que divagamos y que cada cual tenga sus teorías, la muerte de Félix sigue siendo un misterio. El momento macabro se desvaneció con la llegada de Esther y Beni, una pareja de nuestros mejores amigos universitarios. Me estuvieron vacilando hasta que Joaquín Reyes hizo su aparición estelar. Los lectores se arremolinaban en torno a la caseta, haciéndose fotos o pidiéndole que les firmase Subidón, su debut literario, que venía a estrenar. Fue el tercer vip espontáneo. Joaquín demostró ser un cachondo mental a la par que un tío muy culto.

Le echó el ojo a Volar de noche, un clásico infantil del poeta americano Randall Jarrell —lo terminó poco antes de morir—, ilustrado por Maurice Sendak. Se lo recomendé encarecidamente, puesto que lo había leído en marzo. Y, aprovechando la ocasión, desempolvé El hombre sentimental de Javier Marías y se lo ofrecí como regalo, en recuerdo de aquellas cómicas Celebriiiitiiiiesssss de Muchachada Nui. Lástima no
disponer de ningún Pérez-Reverte, ya se habían vendido. De todos modos, nos reveló que Arturo, al caricaturizarlo viril, como el machote que es, encajó la parodia mucho mejor que Javier, con quien hubo polémica y dimes y diretes en El País. Inolvidable aquel artículo de Joaquín Reyes titulado «¿Necesitas un abrazo?». Nos cayó tan bien Enjuto Mojamuto que hasta nos sacamos una foto con él. Y otra con Elsa López, la matriarca de las letras canarias, que pasó a despedirse.

Antes de chapar el chiringuito, le obsequié Canarias: folklore y canción, un librillo de mi biblioteca procedente del expurgo del IES Blas Cabrera Felipe, a Juan Antonio Machado (el padre de David), porque entre sus páginas se menciona a Los Buches, que cumplen 60 años y acaban de ser galardonados, junto a Las Revoltosas, con la Medalla de Oro de Canarias 2023. ¡Enhorabuena!

La novelería se prolongó el domingo. Una nueva muchedumbre se paseó por la Fiera. Más caras conocidas. Ariana se apoderó enseguida de la última creación de Brandon Sanderson, Trenza del Mar Esmeralda. Incluso Mare Cabrera, la autora de Mujeres, asomó el hocico desde Teseguite. Seguro que me dejo a mucha gente en el tintero, pero es que media isla vino hasta Yaiza. Eché en falta a Mariajo Tabar y a
Alejandro.

Para mí fue la primera Feria del Libro como librero y solo tengo palabras de agradecimiento. A las doce en punto, Yuri se alongó hasta la caseta de El Puente, donde estaban Raúl e Íñigo Franco Benito (alias Ifrabe) firmando ejemplares de su última obra, ¿Y si sale mal?, una historia de duelo perinatal y amor infinito en forma de novela gráfica, cuya lectura en casa nos arrancó alguna lágrima. También le compramos un juego de mesa a Jairo de Vulca Comics, colega feriante, friki redomado y asiduo de nuestra caseta.

Encontré un marcapáginas de la Librería Unicornio (de Santa Cruz de Tenerife) con una frase de Martin Luther King: «Aunque supiera que mañana es el fin del mundo, yo hoy plantaría un árbol». Se lo di a Adriana Sandec, que para eso trabaja el papel reciclado. Ella misma nos sacó una foto con Myriam Ybot, como cierre y despedida de la Fiera, para su álbum particular. También Brian Perkins apuntó y disparó con la cámara, posando con el abanico de marras, en plan flamenco.

Sobre las dos, a la hora prevista, la feria tocó a su fin. Fue como el despertar de un sueño en una tarde de primavera. Libreros y editores nos pusimos a recoger, exhaustos, pero felices. Una sensación de euforia vibraba en el aire. La certeza de que el esfuerzo había dado sus frutos, que toda la planificación, las dudas y el estrés habían merecido la pena. Sonrisas, abrazos, besos, apretones de manos, despedidas. Cuando las cajas estuvieron bien embaladas, avisé a mi suegro para que viniese a recogernos con la furgona. Sin su ayuda, a la ida y a la vuelta, no sé cómo hubiésemos cargado los libros, porque menudo Tetris.

La última imagen que conservo en la retina, antes de hacer mutis por el foro, es diciéndole adiós a los chicos de Itineraria (porque la feria será itinerante), mientras Sergio me regalaba cinco postales de su puño y letra. Bienvenida seas y hasta el año que viene, ¡oh Fiera del Libro!