Opinión

El amor por Lanzarote de Agustín Pallarés

Agustín Pallarés Padilla

El pueblo de Lanzarote debe reconocer y agradecer la inmensa labor que  Agustín  Pallarés hizo por la isla. Con su muerte se pierde una parte de la memoria de esta tierra de volcanes durmientes. Así como con su vida se ganó otra parte enorme de esa memoria que ya forma parte de la memoria de este pueblo majorero del norte.

Era grande su saber así como su humildad y sobre todo su espíritu de colaborar, de enseñar, de compartir. Agustín siempre estuvo dispuesto a ello, en todos nuestros trabajos. Desde aquella campaña en 1986 en la Peña de las Cucharas, dándonos sobre el terreno, que es donde le gustaba enseñar, una clase magistral sobre la flora y la fauna del Jable y de la isla y, sobre todo, sobre toponimia que fue una de sus especialidades. Y pusimos a nuestra cámara a seguirlo y enfocar cada montaña, cada lomo, cada hoya, o cada llano, en busca de un nombre. Luego, en el largo trabajo de mi tesis sobre el territorio cubierto por lo volcanes del siglo XVIII, siempre aporto su riguroso y documentado apoyo. Y siempre lo hizo siendo fiel a sí mismo.

Recuerdo las muchas discusiones con él, sobre algunos topónimos, en los que teníamos discrepancias. Términos que yo había sacado de viejos legajos del siglo XVII o XVIII y que él había sacado de la memoria de la gente. En la gran mayoría de los casos terminábamos coincidiendo, pero cuando tropezábamos con Tenemozana, Tremezana o Termesana, la discusión se alargaba y daba igual que fuera en una concurrida conferencia. Y también saltaba Agustín con una irreductible vehemencia, para poner el acento pertinente: no es Tíngafa es Tingafa. Recuerdo compartir con él, el singular topónimo de la isla y de La Graciosa, Los Dises. En este tiempo de fake news y de falsas  tradiciones populares, como la leyenda de Timanfaya, Agustín siempre actuó con una prudencia exquisita y como ejemplo era sus hipótesis sobre el significado de Los Dises: de lo expuesto hasta aquí cabe concluir, pues, que si bien no existen argumentos suficientemente sólidos para afirmar rotundamente que la voz dise signifique pileta, poceta o pequeño depósito en general para agua, hay que admitir cuando menos una cierta probabilidad de que sea así. Años después le sugerí una posible interpretación, ya que localicé un documento de final del siglo XVIII, donde Los Islote de los Dises cerca de Tenésera o Tenésa, se denominaba Islote de los Sises. Y este término era enormemente frecuente en el pasado de Lanzarote antes del siglo XIX y de Fuerteventura, vivo hasta hoy, y que se refiere a una pared para cerrar el ganado. Gustaba a Agustín corregir la historia y desmontar estereotipos, por eso siempre era ameno escucharle. No era Juan Estévez sino Guantevén la peña que hay por Los Valles; no era Los Anamasos, sino los Aramasos el topónimo de la Costa de los Ajaches.

Una de sus obras más bellas y documentada fue la elaboración de la toponimia del Parque Nacional, recorriéndose para ello todos los veriles de la costa recién creada,  todas las montañas, calderas, volcanes e islotes. Agustín tenía el difícil privilegio antes de que el aironman se popularizara en la isla, de subir a todas sus montañas y las de la Graciosa y, por supuesto, de Alegranza.

Era Agustín de una familia conocida de la isla y siempre comprometida no sólo con el saber sino con la justicia social, como su hermano ya fallecido Andrés, o su sobrino Ginés, cofundador del Guincho. Agustín creció en su infancia y vivió una gran parte de su vida mirando el mar, desde la soledad, su padre y su abuelo fueron fareros y él después de trabajar en el faro de Teno en Tenerife y en el de Pechiguera, se instaló en el faro de Alegranza, hasta 1991, 35 años de farero en aquella mítica islita, la más lejana de las chinijas. Esa soledad, compartida con su familia, le hizo ser un gran autodidacta, y allí estudió, escribió, aprendió idiomas. Recuerdo cuando me tradujo de manera desinteresada el diario del cura de Yaiza en la obra de Von Buch para mi tesis.

En sus escritos, charlas y publicaciones, como su prolija serie de historia de Lanzarote en el Lancelot, o en esas hermosas obras que editó Editorial Remota nos ha regalado Agustín buena parte de la memoria de Lanzarote. Desde el silencio roto por las aves, el viento y el mar, en sus largas estancias en aquella isla de piratas y pardelas, él pensaba, reflexionaba, observaba, escribía.  El sólo hecho de ser farero le añade a Agustín una vida excepcional, rodeada de la poética en bruto de la naturaleza, sin mediaciones. Y era ameno escucharlo pasar el rato con sus cuentos, algunos narrados con un realismo casi mágico, como la lucha  de la que fue testigo en Alegranza, entre un guincho y un pez de grandes dimensiones que finalmente, agotó al ave y lo hundió para siempre.  

Hay que reivindicar a Agustín en varios temas de los que no sólo fue un apasionado sino un gran conocedor. Valiente este conejero autodidacta, al entrometerse en uno de los temas más controvertidos de la historia y la arqueología de Canarias, el poblamiento de las islas, y mientras para el mundo de la academia y la falsa ciencia erudita y de autobombo, estas investigaciones hechas por personas ajenas a esos olimpos, no tenían credibilidad, y Agustín fue injustamente atacado por parte de ese mundo de ignorantes, nuestro querido y malogrado amigo no sólo aportó una ingente documentación y unas largas y valiosas reflexiones, sino que apoyándose en las propias crónicas, desde el Le Canarien, Abreu, o en investigadores clásicos de Canarias, defendió que las islas fueron pobladas en el contexto de la romanización del norte de África y esto tan sólo con unos pocos datos arqueológicos conocidos, como las ánforas romanas de La Graciosa y mucho antes de que nuestro equipo diera a conocer las inscripciones alfabéticas en caracteres latinos de Lanzarote y Fuerteventura (que antes que a nadie enseñamos al propio Agustín), y mucho antes  del descubrimiento de la isla de Lobos, magnificado en los medios, que ya muchos años antes defendía Agustín. 

Y también otro de sus grandes retos, fue la búsqueda del castillo de Lanceloto, que bien documentado ubicaba en la zona de La Torre, al naciente del Castillo de Santa Bárbara. Esa fue una de las últimas salidas de campo que hice con Agustín, acompañado de uno de sus hijos, dedicado también al estudio del pasado de la isla. Intensa fue la caminata por lo alto de los Cabucos y Nazareth e intensa fue la discusión. Fue un rato inolvidable debatir de manera apasionada en torno a unas hileras de piedra que decían ser los cimientos del viejo castillo del genovés. Poco después le pasé a Agustín un documento de 1733, que localicé en el Archivo Histórico, que apuntaban claramente en la dirección de lo que Agustín sostenía: …Yten declaramos tener dos fanegadas de tierras labradías donde dicen la thorre lindando con el castillo viejo que compramos a Juana Cabrera viuda de Domingo Sánches

Seguiría escribiendo, porque por un momento me vi junto a él, en esas interminables y enriquecedoras conversaciones. Se nos fue de alguna manera, porque seguro cuando ande por el Jable, por la casa donde nació mi padre en el Volcán de Tao, en las inquietas olas de Las Malvas o el Mariscadero o en el pueblo enterrado de Fiquinineo, lo encontraré y como hacía mi abuelo cuando venía un pariente de joyar en el Jable, tuchía la camella y me ponía a hablar con él hasta el oscurecer.

José de León Hernández. Dr. en Historia y arqueólogo