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Un joven lutier que triunfa emprendiendo en plena pandemia

Con 14 años empezó a construir timples y desde los 18 ejerce como artesano, pero fue en 2020 cuando Felip Martín dio el gran salto, al crear su marca y recibir reconocimiento internacional. Los altavoces pasivos se han convertido en su sello de identidad

EKN

Joan y Felip Martín (izda. a dcha.), con sus altavoces acústicos

No es frecuente ver a un lutier de solo 22 años, que desde que tenía 14 construye timples. Tampoco que un joven de 20 años funde una empresa. Y mucho menos, que invente un original tipo de altavoces en medio de una crisis económica mundial, marcada por una pandemia, y que los venda consiguiendo reconocimiento internacional. Ésa es la historia de Felip Martín, que nació en Barcelona pero vive en Lanzarote desde que era un niño.

Martín conoció el timple por casualidad. Al poco tiempo de llegar a la isla, con 14 años, entró junto a su hermano en la agrupación folclórica de Costa Teguise. “Yo no sabía nada del timple. Al entrar en esa agrupación, me preguntaron si quería tocar e timple o la guitarra, les dije que el timple, y así lo conocí”, explica. Su hermano optó por la guitarra.

En ese mismo año, Felip descubrió el curso de construcción de timples que organiza el Ayuntamiento de Teguise. “En esos cursos, las personas que normalmente asistían tenían alrededor de los 70 años. Yo tenía 14 y chocaba un poquito. Hablamos con la persona responsable y nos dijeron: Le vamos a dar una oportunidad al chinijo. Pero nos avisaron de que me podía cortar”, recuerda. Así fue como se indujo en el mundo de la artesanía, en el que lleva ya cuatro años de forma profesional. “Yo soy artesano desde los 18 años”, afirma.

 

Prueba de los altavoces pasivos del luthier Felip Martín

 

La clave de su éxito

Felip Martín cuenta que siempre se había sentido atraído por las ramas artísticas, y antes de adentrarse en el mundo de la madera comenzó con la pintura. “Dibujaba muy bien, pero ahora no tengo tiempo”, relata. Y es que lo que empezó como un hobby, hoy es un modo de vida.

Tras ese primer curso en el que estuvo dos años y en el que realizó sus dos primeros timples, continuó de forma autodidacta en casa como lutier, y también siguió formándose con estudios de bachillerato artístico en el Pancho Lasso, vitivinicultura en el Zonzamas, joyería y el año pasado grabado calcográfico, también en el Pancho Lasso.

Su reto, además de la continua formación, fue hacer de su pasión un negocio rentable. “Un instrumento musical no se vende todos los días. Al año puedes vender 10 timples o ukeleles, pero es muy complicado y lleva muchas horas de trabajo. La remuneración es algo personal. Si tuviera que vender un timple por las horas dedicadas, lo tendría hacer por un precio 15 veces superior del que lo vendo”, comenta Martín. Por eso se ha tenido que reinventar, y así fue como nació la idea que le ha hecho traspasar fronteras: los altavoces pasivos, hechos a mano con maderas sostenibles, que permiten amplificar el volumen de la música del smartphone.

Éste es ya uno de sus emblemas, junto con el timple y otros instrumentos de cuerda, pero también fabrica distintos accesorios de decoración para el hogar, siempre hechos a mano de forma artesanal.

 

El gran salto, en pleno confinamiento

La idea de crear su propia marca nació en 2020, solo dos días antes de empezar el confinamiento en España, cuando regresaban de una feria en Nueva Orleans. Y lejos de aparcar el proyecto, decidió aprovechar ese tiempo de encierro para desarrollar aspectos como la marca, el logo o la página web. “Siempre tienes que buscar el lado positivo de las cosas negativas”, defiende Felip.

 

Felip Martín y su hermano en la feria de Nueva York en agosto de 2021

 

Así nació Estow Studio (Ecologic Small Things Of Wood), con la que ha conseguido seguir creciendo en plena pandemia, trabajando junto a su hermano. De hecho, el pasado mes de agosto acudieron a una feria internacional en Nueva York, en la que resultaron semifinalistas. “Quedamos segundos como mejor producto artesanal. Fue muy satisfactorio, ya que había unos 700 stand con 700 productos diferentes de cualquier parte del mundo, y quedar en ese puesto quiere decir que el producto es bueno o que les has gustado”, explica.

Además, cuenta lo difícil que fue llegar hasta allí. “Para presentar el producto hicimos varias pruebas por videoconferencia, para ver si se ajustaba a lo que ellos querían, ver el precio del producto, entre otras cuestiones. Fue un poco complejo, fueron casi dos meses de preparación y al llegar allí el producto encajó”, recuerda satisfecho.

Respecto a los requisitos que tuvieron que superar para acceder a la feria, uno de ellos era que el producto tuviera “una historia”, porque es una feria profesional y selectiva con lo que ofrece. “En nuestro caso, nuestro producto es de residuo cero. En Lanzarote no hay árboles, y toda la madera la tengo que traer de fuera, entonces lo que hacemos es aprovechar al máximo el material. Siempre nos sobraban restos, y con ellos decidimos hacer tarjetas de visita para nuestra marca. Incluso ahora estamos haciendo para otras empresas”, relata.

“Para seguir aprovechando al máximo todo el material, nosotros el serrín se lo ponemos en el suelo a unas gallinas que tenemos para que ellas lo aprovechen. Después lo echamos a una compostera, se degrada y vuelve al suelo en forma de abono. Así es un círculo cerrado y no hay residuos que se pierden en el medio o que se queden en algún sitio y que no se puedan reciclar. Así reducimos un poco la huella de carbono de la empresa”, defiende Felip.

También ha logrado ser profeta en su tierra, al lograr ser uno de los finalistas del premio Lanzarote Emprende 2021, que incluye un programa de tutorización por la Cámara de Comercio.

Altavoces que triunfan en Estados Unidos

Ahora, empiezan a ser las ferias las que contactan con él. Esta misma semana le escribieron desde la feria en Nueva Orleans -la misma que visitó justo antes del confinamiento, la misma en la que empezó a gestar la idea de crear su propia marca hace dos años- para invitarle a participar en la próxima cita en marzo.

Además, su relación con Estados Unidos continúa, puesto que en una tienda de Boston se comercializan sus altavoces, y ahora están en conversaciones con otra empresa en Nueva York para que los comience a distribuir.

El lutier reconoce que “trabajar en la artesanía significa dedicar muchas horas al trabajo”, pero añade que es rentable y satisfactorio cuando ves que tu producto se vende y que cumple con las necesidades del mercado.

Respecto a esos altavoces que están triunfando incluso al otro lado del charco, y que empezó construyendo con forma de timple, explica que están fabricados con Sipo Africano como madera base, ya que “es una madera con buena calidad acústica y resistente”. A otros le incrustan maderas exóticas que provienen de cualquier parte del mundo. Afirma que la diferencia “está más que nada en la estética del producto, y al ser una madera que no es común, a la gente le llama la atención, ya que son muy diferentes”.

La gama es cada vez mayor, y ofrece también altavoces de colores. “El proceso es un poco diferente, porque llevan varias capas de colores para que quede bien en el altavoz y no quede mal ejecutado”, explica.

Con el objetivo de mejorar el producto se apoya en la tecnología, para realizar con una máquina láser el grabado del número de serie del producto en la parte inferior del altavoz, y también realizar de esta manera las personalizaciones que algunos clientes le piden. Y es que la clave está en adaptar cada día su pasión a la demanda y a las necesidades.