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Solidarias ante el cáncer

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Solidarias ante el cáncer

Su valor humano es incalculable. No tienen que luchar contra el cáncer, porque no lo sufren, pero lo viven en primera persona. Todos los días se enfrentan a la desesperación de un paciente oncológico, a su hastío y a su cansancio. Todos los días tratan de que esta enfermedad sea un poco más llevadera. Están ahí en los momentos difíciles para liberar a los enfermos de su sufrimiento y para apoyar a sus familias. Son los voluntarios, personas que desinteresadamente asisten a los pacientes de cáncer, les acompañan y sonríen en circunstancias terribles. Porque, aunque en muchos casos del cáncer se sale y se gana la batalla, las voluntarias se enfrentan a veces a la cara más amarga de la enfermedad.

La Asociación de Familias Oncohematológicas de Lanzarote organizó recientemente un curso para voluntarios, al que se apuntaron alrededor de 60 personas. Su misión es apoyar a estos enfermos, tanto en su domicilio como en el hospital, acompañarles a las visitas al médico o realizarles diferentes gestiones, así como llevarles a actividades lúdicas y de tiempo libre.

Diversos motivos

La Voz ha querido acercarse a estos voluntarios, a los que no son protagonistas de esta terrible enfermedad pero que viven el cáncer a través de los ojos de los pacientes. Cada uno esgrime un motivo diferente por el que decidió implicarse en este proyecto, pero casi todos animan al resto de ciudadanos a colaborar con estas personas. Son historias de gente anónima dispuesta a colaborar.

Es el caso de Margarita Delgado, de 59 años. Su marido murió de cáncer y ella, en lugar de hundirse, acudió a Afol para "aportar su pequeño granito de arena y ayudar a otras personas que estuvieran viviendo la misma experiencia". "Es una época horrible y lo pasas fatal. Necesitas que alguien te eche una mano", apunta.

Tan sólo habían pasado siete meses desde que su esposo falleció víctima de esta enfermedad, cuando Margarita decidió acudir a Afol. "Me encantó el voluntariado, aunque fue duro", reconoce. "La muerte de mi marido era muy reciente, pero yo lo necesitaba", indica.

Otra muerte más

Su experiencia como voluntaria comenzó, además, con un duro revés. Tuvo que volver a ser testigo de otra muerte. "Acompañé a una señora, que falleció también. Te da pena y lo pasas mal, pero hasta que murió, ella se encontraba bien, le faltaba un poco de pelo, pero estaba tranquila", explica.

Margarita quedaba con esta mujer para pasear. "Estaba dos horitas hablando con ella. Caminábamos un ratito, unos diez minutos y luego nos sentábamos y charlábamos", señala. Tras su muerte, Margarita acompañó a otra mujer, esta vez en el hospital. "Le dieron el alta, y ahora ya se encuentra mejor", se alegra.

Esta voluntaria reconoce que es capaz de ayudar a señoras, pero que de momento descarta acompañar a hombres, porque le recordarían a su marido. "Me vendría la imagen de mi esposo y eso sería muy duro", afirma. Margarita defiende la labor desinteresada de estas asistentas. "Creo que el enfermo habla con más confianza con nosotras que con su familia, porque se atreve a contar sus miedos", indica.

Pero no todas las voluntarias han tenido un pasado ligado al cáncer y han vivido esta situación en su círculo cercano.

La necesidad de ayudar

"No tengo ningún antecedente familiar. Simplemente, creo firmemente en la ayuda a los demás. El mundo no podrá evolucionar nunca, ni ser mejor, si no tomamos conciencia todas las personas de que ayudar a la gente es bueno, y de que todos necesitamos ayuda", indica Fali Guillén, que decidió ser voluntaria "de una causa real" para "no desperdiciar el tiempo sin actuar".

"Quería dedicarme a la gente que realmente necesitara ayuda y que yo viera el resultado. Era la primera vez que me apuntaba a un proyecto como éste y ha sido una experiencia buenísima", afirma. La primera enferma que acompañó era una mujer de 90 años. "Estaba acostadita, limpita y muy bien cuidada. Comía lo mínimo, a cucharaditas de suero, nada más", explica.

El curso de voluntariado sirvió a Fali para aprender cómo enfrentarse al cáncer. "Aprendes a callar cuando tienes que callar, a no hablar nunca de la enfermedad, aprendes a vivir con el enfermo, a llevarle a la romería, a la iglesia y a la playa y, si no pueden caminar, aprendes a hablar con ellos, a cogerles del brazo, a sonreírles".

Fali reconoce que esta experiencia, pese a haber sido "magnífica", es "muy dura". "A veces es muy difícil porque los pacientes pasan por varias fases. Cuando atraviesan la de no aceptar su enfermedad tienen un resentimiento y son muy crueles", apunta. "Una vez le regalé a una mujer un pijama y me dijo que se lo regalaba porque pensaba que no iba a levantarse nunca más de la cama". "Tienes que enfrentarte al rechazo de las personas, a que piensen mal de ti, a que duden de tu eficacia, tienes que trabajar muchas cosas, no es fácil. El enfermo ya tiene a sus familiares y eso hay que tenerlo presente, no hay que intentar adquirir ese papel, porque ni me corresponde, ni quiero, no soy la madre Teresa de Calcuta".

Además, los casos que trata son muy diferentes. "Te puede tocar una persona que se está muriendo, que no se levanta de la cama, y a la que sólo puedes darle la mano. Pero también puedes acompañar a un hombre de 48 años, que se toma la enfermedad de otra manera, que sale a la calle, y habla contigo como si fuerais amigos".

Enfrentarse a la muerte

Para Fali es duro asistir a estas personas, pero aunque sufra, prefiere dar su apoyo a los demás y ser consciente de que la muerte está a la vuelta de la esquina. "Hay gente muy sana y muy cruel que critica y maltrata a los demás y a mí me duele más ver esto, que lo he visto, que ver a una persona enferma. Hay que afrontar que todos venimos con un tiempo. Naces en el momento en el que te toca nacer y mueres en ese tiempo, y hay que hacer un trabajo entre medias. Parecen cosas de libro, pero son así", señala. "Creo firmemente en que hay que quitar paja y morralla, y hacer lo que se tiene que hacer, no estar tonteando, ni pasarse la tarde viendo las novelas, sino actuar", apostilla.

A Beatriz, italiana de 33 años, le convenció un amigo suyo, que también participa en este voluntariado. "Quería saber si realmente podía hacerlo, porque nunca sabes si vas a poder enfrentarte a ello, porque es un tema muy delicado. Desconocía completamente la enfermedad y lo que sufren los pacientes. Fue como un crecimiento personal, me abrí a la posibilidad de ayudar a alguien", explica.

Las razones por las que Beatriz se apuntó al curso de voluntariado de Afol son algo más místicas, que las de Margarita o Fali. "Estoy estudiando budismo, voy muchas veces a India y a Nepal y me quedo haciendo retiros. Y los lamas hablan mucho de la muerte. Una de las cosas claves del budismo es que vivimos en permanencia, tenemos que ser conscientes siempre de que, de un momento a otro, nos sorprenderá la muerte. Nunca me prepararé realmente para la muerte, pero creo en la reencarnación y para mí la muerte es importante", indica.

Para Beatriz, la atención a los enfermos de cáncer pasa por "tratarles con dignidad, y respeto". "Hay que escucharles, estar con ellos, ayudar a la familia si lo necesita. Seguro que metes la pata por falta de experiencia, porque nadie es perfecto, pero uno intenta hacerlo lo mejor que puede".

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